08 marzo 2010

Guerra, amor y asesinato


Arturo Pérez-Reverte en plenitud: El asedio tiene fuerza plástica y potencia narrativa. La fluidez entre ambientes y episodios es perfecta. Sus rotundos personajes se cruzan en Cádiz, barco sitiado pero felizmente abierto al mar, espléndido y crepuscular a la vez, el escenario idóneo para que coincidan la disciplina científica de la guerra moderna y el ancestral misterio del crimen

Sopla el levante en Cádiz y mueve el látigo de un asesino, en 1811, tiempos de guerra. Napoleón sitia una ciudad que, en fatal decadencia poco visible todavía, quiere sobrevivir haciendo nuevo lo viejo. Las Cortes Constituyentes se reúnen en Cádiz, "culo de Europa y úlcera del Imperio, con la maldita España rebelde reducida a una isla inconquistable", según el capitán de la artillería francesa. Caen bombas. Un asesino mata como un carnicero sucio. Se hacen negocios. La gente se enamora. Todo pasa, todo sigue. Es el mundo de El asedio, Arturo Pérez-Reverte en plenitud.

Muchachas casi adolescentes aparecen destrozadas a latigazos, y, puesto que hay un asesino, tiene que haber un policía: el comisario Tizón mira con espanto y frío detenimiento profesional a esas niñas de la edad que tendría su hija, si no se la hubiera quitado la muerte. Descubre una conexión entre dos cosas: las bombas vuelan y el asesino mata a pocos pasos de donde caen. El enemigo más cruel no es el que dispara desde posiciones francesas: está en la ciudad. El policía, habitual ajedrecista de café, ve cómo Cádiz se convierte en tablero. ¿Dónde estallará la próxima bomba? ¿Dónde matará otra vez el criminal? Viejo perro callejero, husmea cada huella, cada indicio, pero, con el colmillo izquierdo de oro, es menos un detective lógico, a lo Holmes, que un sabueso de Serie Negra, con una conciencia instintiva de que la actividad policial guarda más relación con la delación y la tortura que con una investigación científica.

Los rotundos personajes de Pérez-Reverte se cruzan en Cádiz, barco sitiado pero felizmente abierto al mar. Bulle de vecinos, 100.000, refugiados, comerciantes, chusma portuaria, curas, soldados, cronistas, diputados en Cortes. Lolita Palma, soltera, de 32 años, pertenece a la mejor sociedad gaditana. Se sienta en el sillón del padre difunto, al frente de su familia y de la razón social Palma e Hijos. Armadora de buques que trafican con América y Rusia o navegan con patente de corso, podría ser una de esas mujeres de negocios que popularizó Hollywood en los años cuarenta, o una empresaria de ahora mismo. Es jefa y socia del capitán Lobo, corsario, no un caballero probablemente, pero sabio en su profesión, valiente, reflexivo y sin doblez, del tipo de criaturas que parecen condenadas al desamor y el fracaso heroico.

Los actores de reparto son excelentes. El artillero Desfosseux agujerea Cádiz con sus bombas y se toma la guerra como un problema matemático. Su enemigo no son los españoles, sino los obstáculos que imponen la ley de la gravedad, la materia y los vientos de la bahía. El espía taxidermista Fumagal, librepensador solitario que ha hecho de la razón su delirio, vive en un paraíso de animales disecados y palomas mensajeras. Morraja, salinero, cazador furtivo, duro como el cuero viejo, escopetero del rey, se gana miserablemente la vida en la paz y en la guerra y tiene una niña sirviendo en casa de los Palma. Los personajes de El asedio llevan nombres parlantes, emblemas de su condición.

Siente Pérez-Reverte devoción por las palabras, fetichista de las palabras y las cosas perdidas o en vías de perderse, y hay una incesante felicidad evocativa en su relato, que se demora en el papel de cartas de Lolita, en el bastón brutal de Tizón, en las ropas, en la levita color nuez del lechuguino anglófilo, en el corbatín algo flojo del comerciante que exhibe en ese mínimo desarreglo su sometimiento a una "intensa y honorable jornada laboral". Pasan en una ráfaga los fracs oscuros de los diputados, la casaca verde del embajador inglés, una chaquetilla con pesetas de plata como botonadura, la infantil alegría heráldica de los uniformes militares. Y surcan el mar faluchos, bergantines, polacras, balandras y goletas. Si Pérez-Reverte recurre a un vocabulario de añosa literatura, lo usa con la verdad física, inmediata, de una conversación. Aquí y allí saltan expresiones que parecen de toda la vida, entre lo anacrónico y el anacronismo: a la mujer que va para soltera "se le pasa el arroz", y, si no, que baje Dios y lo vea. Coger al asesino es buscar una aguja en un pajar. El que quiera higos de Lepe, que trepe. ¿Aguanta el sospechoso torturado? Pues se le puede seguir dando hilo a la cometa, y le siguen dando. Es inocente.

El asedio tiene fuerza plástica y potencia narrativa. La fluidez entre ambientes y episodios es perfecta. Guerra y negocios discurren juntos. La gloria bélica resplandece en la desordenada ejecución de tres desertores, bajo un diluvio negro, en el fango. Aquí, como en toda buena fábula, el mundo está hecho de contraposiciones, entre los afectos, la guerra, el comercio, la política, el amor entre la Palma y el Lobo, de un frío candente, mortal para el metal menos templado. Hay vidas, como la del capitán y la criada de Lolita, que no decide el destino, sino el interés esencial o accidental de la casa Palma e Hijos. Cádiz es a la vez espléndido y crepuscular, espectacular y subterráneo, el escenario idóneo para que coincidan la disciplina científica de la guerra moderna y el ancestral misterio del crimen.


Justo Navarro
Babelia, Crítica: Los libros de la semana
Diario El País
6 de marzo de 2010

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