25 diciembre 2018

Fantasmas de Navidad



Los fantasmas de Charles Dickens siempre serán recordados por su obra A Christmas Carol pero la afición por lo sobrenatural no terminó ahí. A lo largo de su vida, sobre todo cuando dirigió las revistas semanales Household Words y All the Year Around, el tema de los fantasmas y la ambientación gótica continuaron salpicando muchos de sus relatos. Y hay varios más donde la época de Navidad es el momento preciso para las visitas del otro mundo. 

Cuando llegó a mi la antología que editorial Impedimenta tituló Para leer al anochecer (2009), descubrí con un gustazo varias de las historias que Dickens forjó con elementos sobrenaturales. Algunas hasta con ciertos toques de humor. 

Hoy he decidido compartir una que refleja esa tradición victoriana donde las Navidades es el momento preciso para reunirse alrededor de la chimenea y leer historias sobre aparecidos :)


FANTASMAS DE NAVIDAD
Charles Dickens

Me gusta volver a casa por Navidad. A todos nos pasa, o al menos así debería ser. Todos regresamos a casa, o deberíamos hacerlo, para disfrutar de unas breves
vacaciones —aunque cuanto más largas sean, mejor— desde el enorme internado en
el que nos pasamos el día trabajando en nuestras tablas de aritmética. A todos nos
conviene tomarnos un respiro, ésa es la verdad. En cuanto a ir de visita, ¿a qué otro
sitio podríamos ir si no? ¡Pues junto al árbol de Navidad, para proclamar nuestros
buenos deseos al mundo!

Y así partimos lejos, hacia el invierno, a colocar nuestros anhelos junto al árbol.
Nos ponemos en camino, y atravesamos llanuras bajas, parajes brumosos, páramos
sumergidos en la niebla; subimos largas colinas enroscadas como cavernas oscuras
entre las tupidas plantaciones que casi ocultan las estrellas centelleantes; y así
continuamos, por amplias mesetas, hasta detenernos, con un silencio repentino, frente
a una avenida. La campana junto a la verja resuena profunda y casi espantosa en el
aire helado; los batientes de la verja se abren sobre sus goznes y, a medida que nos
dirigimos hacia la gran casa, las luces resplandecientes se agrandan en las ventanas, y
las hileras de árboles que hay delante parecen retroceder solemnemente hacia ambos
lados para permitirnos el paso. Por un momento, aniquila el silencio la rauda carrera
de una liebre que a lo largo de todo el día, por intervalos, se ha dedicado a atravesar
el blanco tapete nevado; o el estrépito lejano de una manada de ciervos pisoteando la
escarcha endurecida. Si pudiésemos, tal vez veríamos sus ojos vigilando entre los
helechos, rutilantes como gotas heladas del rocío sobre las hojas; pero están quietos y
todo permanece en calma. De este modo, con las luces que se agrandan y los árboles
que se retiran ante nosotros y se reúnen de nuevo tras nuestro paso, llegamos a la
casa.

Probablemente flota en todo momento un aroma a castañas asadas y a otras cosas
buenas, puesto que estamos narrando historias invernales (o para nuestra vergüenza,
historias fantasmales) alrededor de un fuego navideño, y sólo nos levantaremos para
acercarnos más a él y calentarnos. Sin embargo, todo esto carece de importancia.
Llegamos a la casa, una vieja mansión coronada por grandes chimeneas en donde
arde la leña ante perros viejos que se arriman al hogar y retratos macabros (algunos
de ellos con leyendas igualmente macabras) que miran hoscos y desconfiados desde
el entablado de roble de las paredes. Somos gentilhombres de mediana edad y
compartimos una generosa cena con nuestros anfitriones y sus invitados. Es Navidad
y la casa está repleta de gente. Decidimos retirarnos pronto. La nuestra es una
habitación muy antigua. Cubierta por tapices. Nos desagrada el retrato de un
caballero trajeado de verde, que cuelga sobre la chimenea. Grandes vigas negras
recorren la techumbre y se ha dispuesto para alojarnos un gran dosel negro que a los
pies se ve sustentado por dos grandes figuras negras que parecen sacadas de sendas
tumbas de la vieja iglesia del barón, ubicada en los jardines. A pesar de ello, no
somos caballeros supersticiosos y nos da lo mismo. ¡Bien! Despachamos a nuestro
sirviente, cerramos la puerta con llave y nos sentamos frente al fuego, enfundados en
nuestra bata, a meditar sobre multitud de asuntos. Finalmente nos acostamos. ¡Bueno!
No podemos dormir. Nos revolvemos una y otra vez sin poder conciliar el sueño. Los
rescoldos del fuego arden relampagueantes y hacen parecer la habitación más
fantasmagórica si cabe. No podemos evitar escudriñar, por encima de la colcha, las
dos figuras negras que sostienen la cama, y sobre todo ese caballero de verde, dotado
de un aspecto tan perverso. Parecen avanzar y retirarse en medio de la luz
temblorosa, lo cual, a pesar de que no somos en absoluto hombres supersticiosos, no
nos resulta nada agradable. ¡Bueno! Nos vamos poniendo más y más nerviosos.
Decimos: «Esto es absurdo, pero lo cierto es que no podemos soportarlo; fingiremos
estar enfermos y haremos que acuda alguien en nuestra ayuda». ¡Bueno!
Precisamente, estábamos a punto de hacerlo, cuando de repente la puerta se abre y
entra una joven de una palidez mortecina y largos cabellos rubios que se desliza junto
al fuego y toma asiento en la silla que antes habíamos ocupado, frotándose las manos.
En ese momento advertimos que sus ropas están mojadas. Tenemos la lengua
adherida al paladar y no somos capaces de articular palabra, pero la observamos con
detalle. Su ropa está húmeda; su largo cabello está salpicado de barro; va vestida
según la moda de hace doscientos años y lleva en el cinto un manojo de llaves
herrumbrosas. ¡Bueno! Ella sigue sentada, sin moverse, y es tal el estado en que nos
hallamos que ni siquiera somos capaces de desmayarnos. En ese momento, ella se
levanta y empieza a probar sus oxidadas llaves en todas y cada una de las cerraduras
del dormitorio sin que ninguna sirva. Entonces fija su mirada en el retrato del
caballero de verde y exclama, con una voz grave y terrible: «¡Los ciervos lo saben!».
A continuación, vuelve a frotarse las manos, pasa junto a la cama y sale por la puerta.
Nos ponemos la bata apresuradamente, echamos mano de las pistolas —sin las que
nunca salimos de casa— y nos disponemos a seguir a la muchacha, cuando hallamos
la puerta cerrada. Giramos la llave y, al asomarnos al oscuro pasillo, no divisamos a
nadie. Deambulamos inútilmente en busca de nuestro sirviente. Recorremos la galería
hasta que rompe el día para luego volver a nuestra desolada habitación, caer
dormidos y ser despertados por nuestro criado (a él nada le aterroriza), que cuando
abre la ventana nos revela un sol resplandeciente. ¡Bien! Tomamos un triste desayuno
y todo el mundo nos comenta que parecemos indispuestos. Concluido el desayuno,
recorremos la casa con nuestro anfitrión y le conducimos hasta el retrato del caballero
de verde y en ese momento todo se aclara. Engañó a una joven ama de llaves,
conocida por su extraordinaria belleza, quien se ahogó inintencionadamente en un
estanque y cuyo cuerpo fue descubierto, pasado ya mucho tiempo, porque los ciervos se negaban a beber de sus aguas. Desde entonces, se rumorea que ella se dedica a
deambular por la mansión a medianoche (aunque sobre todo aparece en la habitación
del caballero de verde, a fin de no dejar dormir a su inquilino) probando todas las
cerraduras con sus llaves oxidadas. ¡Bien! Contamos a nuestro anfitrión cuanto
hemos visto y una sombra se cierne sobre su semblante. Nos suplica que guardemos
silencio y nosotros obedecemos. Sin embargo, todo lo que hemos contado es cierto y
así lo relatamos antes de fallecer (ahora estamos muertos), a muchas personas serias
que nos quieren escuchar.

Son innumerables las viejas casas solariegas, con sus pasillos retumbantes, sus
sombríos aposentos y sus alas hechizadas que llevan años clausuradas, a través de las
cuales podemos divagar, mientras un agradable escalofrío nos recorre la espalda, y
toparnos con todo tipo de fantasmas. Aunque —tal vez sea importante recalcarlo—
en general éstos se reducen a unos pocos tipos o clases, ya que, debido a la escasa
originalidad de los espectros, en su mayoría suelen deambular haciendo rondas
previamente fijadas. Resulta habitual también que haya ciertas baldosas de las que
sea imposible borrar las manchas de sangre que quedaron en tal o cual habitación o
descansillo, y que datan de cuando cierto amo malvado, barón, caballero o
gentilhombre se suicidó en aquel mismo lugar. Uno puede raspar y raspar, como hace
el dueño actual, o pulir y pulir, tal y como lo hiciera su padre, o frotar y frotar, al
igual que hizo su abuelo, o intentar hacerlas desaparecer mediante la acción de
diversos ácidos, como hizo el bisabuelo, pero la sangre siempre permanecerá ahí —ni
más ni menos pálida—, siempre igual. También ocurre que en otras casas
encontramos puertas encantadas, que jamás lograremos mantener abiertas mucho
tiempo; o bien, una puerta que no hay manera de cerrar; o bien casas donde suena a
deshoras el crujido hechizado de una rueca, o golpes de martillo, o pisadas, o un
llanto, o un lamento, o un ruido de cascos de caballo, o el arrastrar de cadenas. Tal
vez haya un reloj en su torre que al llegar la medianoche dé trece campanadas
coincidiendo con la muerte del cabeza de familia. Llegó a suceder que una tal Lady
Mary fue de visita a una casa de campo en las tierras altas escocesas y, sintiéndose
fatigada por el largo viaje, se retiró pronto a dormir. Al día siguiente, durante el
desayuno, comentó inocentemente:

     —¡Me resultó extrañísimo que anoche celebraran una fiesta a una hora tan tardía
en un lugar tan remoto como éste, y que no me hablaran de ella!

Cuando todos le preguntaron qué quería decir, Lady Mary respondió:

     —¡Pues que ha habido alguien que se ha pasado toda la noche dando vueltas y
más vueltas con su carruaje bajo mi ventana!

Entonces, el propietario de la casa se puso lívido, al igual que su señora. Por su
parte, Charles Macdoodle —de los Macdoodle de toda la vida— conminó a Lady
Mary a no decir ni una palabra más sobre el asunto y todo el mundo guardó silencio.

Después del desayuno, Charles Macdoodle contó a Lady Mary que era tradición en
aquella familia que aquel ajetreo de carruajes en el patio presagiase alguna muerte.
Así quedó probado cuando, dos meses más tarde, falleció la dueña de la mansión.
Lady Mary, quien a la sazón formaba parte de las Damas de Honor de la Corte,
contaba a menudo esta historia a la vieja reina Charlotte; y es por esto por lo que el
viejo rey se pasaba el día diciendo:

     —¿Eh? ¿Cómo? ¿Fantasmas? ¡Ni mentarlos, ni mentarlos!

Y no dejaba de repetirlo una y otra vez hasta que se retiraba a dormir.

El amigo de una persona a quien la mayoría de nosotros conocemos, cuando era
todavía un joven estudiante, tuvo un amigo bastante peculiar con el que había llegado
a un pacto de lo más macabro: acordaron que si era cierto que el espíritu de una
persona es capaz de volver a este mundo tras haberse separado del cuerpo, aquel de
los dos que primero muriese habría de aparecerse al otro.

Transcurrido un tiempo, a nuestro amigo se le había olvidado ya aquel trato;
ambos jóvenes habían progresado en la vida y habían tomado caminos divergentes,
muy alejados entre sí. Sin embargo, una noche, transcurridos muchos años,
encontrándose nuestro amigo en el norte de Inglaterra y alojándose por la noche en
una posada junto a los páramos de Yorkshire, sucedió que miró fuera de su cama y
allí, a la luz de la luna, apoyado junto a un buró próximo a la ventana, vio a su viejo
colega de estudios observándole fijamente. Se dirigió solemnemente a la aparición, y
ésta le respondió en una especie de susurro, aunque bastante audible:

     —No te acerques a mí. Estoy muerto. Heme aquí para cumplir mi promesa. Vengo de otro mundo pero no puedo revelar sus secretos.

En ese momento, la aparición palideció, pareció fundirse con la luz de la luna y se
desvaneció.

Cuentan también el caso de la hija del primer ocupante de una casa isabelina,
bastante pintoresca, que se hizo relativamente famosa en nuestro barrio. ¿Han oído
quizás hablar de ella? ¿No? Pues bien, siendo una bella muchacha de diecisiete años,
dio en salir una tarde de verano durante el crepúsculo a recoger flores en el jardín.
Pero, de pronto, su padre la vio llegar corriendo a la puerta de la casa. Estaba aterrada
y gritaba con desesperación:

     —¡Ay, Dios mío, querido padre, me he encontrado conmigo misma!

El la abrazó, la consoló y le dijo que no se preocupase; probablemente habría sido
víctima de algún capricho de su imaginación. Ella entonces le dijo:

     —¡Oh, no! Te juro que me encontré conmigo misma cuando caminaba por el paseo. Estaba muy pálida recogiendo flores marchitas, y giraba la cabeza sosteniéndolas en alto.

Aquella misma noche, la muchacha murió. Se comenzó a pintar un cuadro con su
historia, si bien nunca fue terminado, y dicen que, aún hoy, el cuadro permanece en algún lugar de la casa, vuelto de cara a la pared.

El tío de mi cuñado volvía a casa a caballo. Era una tarde apacible, y ya estaba
anocheciendo. De repente, en una vereda cercana a su propia casa vio a un hombre de
pie frente a él, ocupando el centro mismo de un estrecho paso.

     —¿Por qué estará ese hombre de la capa ahí en medio? —pensó—. ¿Acaso
pretende que le pase por encima?

Pero la figura no se apartaba. El tío de mi cuñado tuvo una extraña sensación al
verle allí en el sendero, tan inmóvil. Sin embargo aflojó el trote y siguió cabalgando
en dirección a él. Cuando se halló tan cerca del caminante que casi podía tocarlo con
su estribo, el caballo se asustó y entonces la figura se deslizó a lo alto de un terraplén,
de una forma rara, poco natural (de hecho se escurrió hacia atrás sin aparentemente
usar los pies), y desapareció. El tío de mi cuñado dio un respingo.

     —¡Santo Dios! ¡Pero si es mi primo Harry, el de Bombay!

Espoleó al caballo, que de pronto sudaba una barbaridad, y, preguntándose por tan
extraño comportamiento, salió disparado hacia la entrada de su casa. Cuando llegó
allí vio a la misma figura pasando junto al alargado mirador que hay frente a la sala
de estar de la planta baja. Arrojó las bridas a su criado y se precipitó detrás de la
figura. Su hermana estaba allí sentada, sola.

     —Alice, ¿dónde está mi primo Harry?

     —¿Tu primo Harry, John?

     —Si. El de Bombay. Me lo acabo de encontrar en el camino y lo he visto entrar aquí ahora mismo.

Nadie había visto nada, Pero fue en aquella hora exacta, como más tarde se supo cuando su primo fallecía en la India.

Hubo cierta vieja dama muy sensata que falleció a los noventa y nueve años, y
que mantuvo sus facultades hasta el final. Pues bien, esta buena mujer vio con sus
propios ojos al famoso Niño Huérfano. Esta es una historia que con cierta frecuencia
se ha venido contando de manera incorrecta. He aquí lo que ocurrió en realidad (pues,
de hecho, se trata de una historia que ocurrió en nuestra propia familia: la vieja dama
era una pariente lejana). Cuando tenía alrededor de cuarenta años, época en la que
aún era conocida por su belleza poco común (hay que decir que su amado murió muy
joven, razón por la cual ella nunca se casó, aunque recibió numerosas proposiciones
al respecto), se trasladó con su hermano, que era comerciante de artículos indios, a
una casa que éste había comprado no hacía mucho en Kent. Corría la leyenda de que
aquel lugar había sido una vez administrado por el tutor de un niño. Aquel tutor era el
segundo heredero de la propiedad, y mató al niño tratándole de manera severa y
cruel. La dama no sabía nada de esto. Se dijo que en la habitación de ella había una
jaula en la que el tutor solía encerrar al niño. Nunca hubo tal cosa, de hecho. Allí tan
sólo había un ropero. Una noche se fue a dormir. A la mañana siguiente cuando entró la doncella, ella le preguntó con toda tranquilidad:

     —¿Quién era ese niño tan guapo y de aspecto tan melancólico que ha estado
asomándose por el ropero toda la noche?

La muchacha emitió un fuerte chillido y se esfumó al momento. La dama quedó
sorprendida. Sin embargo, como era una mujer con una notable fortaleza mental, se
vistió ella misma, bajó al piso inferior y se reunió con su hermano.

     —Bien, Walter —dijo—, he de confesarte que no he podido pegar ojo. Una
especie de niño de aspecto melancólico, bastante guapo, ha estado importunándome
toda la noche y saliendo por el vestidor de mi cuarto, cuya puerta, eso te lo puedo
asegurar, no hay alma humana que pueda abrir. ¿Qué clase de truco es éste?

     —Me temo que no es ningún truco, Charlotte —respondió él—. Ese niño forma
parte de la leyenda de esta casa. Es el Niño Huérfano. ¿Qué es lo que dices que hizo
anoche?

     —Abría la puerta sigilosamente —dijo ella—, y se asomaba. A veces avanzaba
un paso o dos dentro del dormitorio. Entonces yo le llamaba animándole a pasar, y él
se encogía con un estremecimiento y se deslizaba dentro del vestidor de nuevo, tras lo
cual cerraba la puerta.

     —Ese gabinete no comunica con ningún otro lugar de la casa, Charlotte. Está
clausurado —dijo su hermano.

Esto era verdad. Hicieron falta dos carpinteros trabajando toda una mañana para
conseguir abrir el vestidor y poder así examinarlo. En aquel momento, mi pariente
estaba bastante contenta de haber trabado relación con el célebre Niño Huérfano. A
pesar de ello, la parte más terrible de la historia es que, posteriormente, también sería
avistado sucesivamente por tres de los hijos de su hermano, que acabaron muriendo
jóvenes. De vez en cuando alguno de los niños caía enfermo. Y, curiosamente,
siempre era doce horas después de volver a casa acalorado diciendo, vaya por Dios,
que había estado jugando bajo cierto roble en cierta pradera con un extraño niño…
Un niño guapo y de aspecto melancólico, que era muy callado y le hacía señas para
que le siguiera. De la fatal experiencia, los padres dedujeron que se trataba del Niño
Huérfano y que el destino de los niños quedaba inexorablemente marcado por ese
encuentro.



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31 octubre 2018

Samhain 2018



Come out, come out, wherever you are...

Esta noche se abrirán las fronteras que dividen la vida y la muerte. Hoy nos reuniremos simbólicamente con nuestros ancestros para agradecer un año más de bendiciones y quizás, ampliemos las peticiones Su esencia permanece con nosotros todo el año, pero en una fecha como esta, parece que podemos abrazarlos y sonreír juntos.

Esta noche también aparecerán los espíritus chocarreros que harán mil y una travesuras, jejeje. Atentos a las bromas y a las "casualidades".

Esta noche termina un año en los ciclos naturales de la Madre Tierra. Lo despedimos con la luz de las velas y de las hogueras, con el festín que compartiremos con familiares y amigos. Alegría, esperanza y reflexión. La vida en la ciudad nos han vuelto sordos ante el llamado de los antiguos que marcaban su vida con calendario agrícola. Con las fases de la Reina Niña Blanca.

Esta noche, miremos al firmamento y permitámonos sorprendernos ante la grandeza de la vida y de la muerte.



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03 mayo 2018

El inicio según Jonathan Harker



Diario de Jonathan Harker
(Redactado taquigráficamente)
3 de mayo, Bistritz



Salí de Munich el 1 de mayo a las 20.35 de la tarde, y llegué a Viena a la mañana siguiente; debía haber llegado a las 6.46, pero el tren llevaba una hora de retraso. Budapest parece una ciudad maravillosa, por lo que observé desde el tren y lo poco que pude andar por sus calles. No me atreví a alejarme de la estación, ya que habíamos llegado con retraso y saldríamos lo más de acuerdo posible con la hora prevista. La impresión que me dio era de que salíamos de Occidente y nos adentrábamos en Oriente, el más occidental de los espléndidos puentes del Danubio -que aquí adquiere una noble anchura y profundidad- nos trasladó a las tradiciones de predominio turco.


Salimos a buena hora, y llegamos a Klausenburgh ya anochecido. Aquí, paré a pernoctar en el Hôtel Royale. Cené pollo sazonado con pimentón picante, muy bueno, aunque daba mucha sed (Mem., conseguir receta para Mina). Le pregunté al camarero, y dijo que se llama paprika hendl, y que es plato nacional, de modo que podría tomarlo en todas partes, a lo largo de los Cárpatos. Aquí me han resultado muy útiles mis rudimentos de alemán; desde luego, no sé cómo habría podido entenderme sin ellos.

En Londres, aproveché unas horas que tenía libres para ir al Museo Británico a consultar libros y mapas de la bibliotecareferentes a Transylvania; pensé que sería de ayuda tener de antemano alguna idea del país, antes de entrevistarme con un noble de ese lugar. Averigüé que la región a la que hacía referencia está en el extremo del territorio, exactamente en los límites de tres estados: Transylvania, Moldavia y Bucovina, en plena cordillera de los Cárpatos, y que es una de las regiones más remotas y menos conocidas de Europa. No conseguí descubrir en ningún libro ni mapa el lugar exacto del castillo de Drácula, ya que no existen mapas de este país comparables a nuestros Ordnance Survey maps; pero averigüé que Bistritz, la ciudad donde el conde Drácula decía que debía apearme, era bastante conocida. Consignaré aquí algunas cosas que me ayuden a recordar cuando hable con Mina del viaje.

La población de Transylvania está formada por cuatro nacionalidades distintas: los sajones al sur, y mezclados con ellos, los valacos, que son descendientes de los dacios; los magiares al oeste, y los székely al este y al norte. Me encuentro entre estos últimos, que pretenden ser descendientes de Atila y de los hunos. Puede ser, porque cuando los magiares conquistaron el país, en el siglo XI, encontraron a los hunos asentados en él. He leído que en la herradura de los Cárpatos se reúnen todas las supersticiones del mundo, como si fuese el centro de una especie de remolino de la imaginación; si es así mi estancia me va a resultar interesante (Mem., preguntar al conde sobre esto).

No dormí bien, aunque la cama era bastante confortable; tuve toda clase de sueños extraños. Un perro estuvo aullando toda la noche al pie de mi ventana; tal vez fue por eso; o quizá fue culpa de la páprika, porque me bebí toda el agua de la jarra, y aún me quedé con sed. Me dormí cuando ya amanecía, y me despertaron las repetidas llamadas a mi puerta, por lo que supongo que debí quedarme profundamente dormido. De desayuno tomé más páprika, y una especie de gachas hechas con harina de maíz que aquí llaman mamaliga, y berenjenas rellenas, plato muy exquisito que llaman impletata (Mem., pedir receta también). Tuve que desayunar deprisa porque el tren salía un poco antes de las ocho; o más bien debía salir a esa hora, ya que después de llegar corriendo a la estación a las 7.30 estuve sentado en el vagón más de una hora, hasta que arrancó. Me da la sensación de que cuanto más al este vamos, menos puntuales con los trenes. ¿Cómo serán en China?

Empleamos el día entero en recorrer una comarca llena de bellezas naturales de todo género. Unas veces divisábamos pequeños pueblecitos y castillos en lo alto de montes enhiestos, como los que se ven en los viejos murales; otras, corríamos junto a ríos y arroyos que, a juzgar por sus anchas y pedregosas márgenes a uno y otro lado, parecen sufrir grandes crecidas. Hace falta mucha agua, y que corra con fuerza, para que el agua arrase sus orillas. En todas las estaciones había grupos de grente, a veces multitudes, con toda clase de atavíos. Algunos hombres iban exactamente igual que los campesinos de mi país, o como los que he visto al cruzar Francia y Alemania, con sus chaquetas cortas, sus sombreros redondos y sus pantalones de confección casera; otros, en cambio, eran muy pintorescos. Las mujeres parecen bonitas, si no se las ve de cerca, pero tienen el talle muy ancho. Llevan largas y blancas mangas de diversas clases, y la mayoría se ciñen unos cinturones anchos con gran cantidad de cintas que se agitan a su alrededor como un vestido de ballet; aunque, naturalmente, llevan sayas debajo. Los personajes más extraños que vimos eran los eslovacos, más bárbaros que el resto, con grandes sombreros vaqueros, pantalones amplios y de color claro, blancas camisas de lino y unos cinturones de cuero enormes, de casi un pie de ancho, tachonados con clavos de latón. Calzaban botas altas, embutín los pantalones en ellas, y tenían el pelo largo y unos bigotes espesos y negros. Son muy pintorescos, pero no resultan atractivos. En el teatro se les reconocería inmediatamente en el papel de otra banda de forajidos orientales. Sin embargo, según me han dicho, son inofensivos, y les falta presunción natural.

Cuando ya anochecía, llegamos a Bistritz, que es una ciudad vieja y muy interesante. Dado que está prácticamente en la frontera -pues el desfiladero de Borgo conduce de allí a Bukovina-, ha tenido una existencia azarosa, y desde luego muestra señales de ello. Hace cincuenta años, hubo una serie de incendios que causaron terribles catástrofes en cinco ocasiones distintas. Nada más iniciarse el siglo XVI, sufrió un asedio de tres semanas, en el que perdieron la vida trece mil personas por causa de la guerra, así como hambre y las enfermedades consiguientes.

El conde Drácula me había indicado que me alojase en el hotel Golden Krone, que resultó ser muy anticuado, para gran alegría mía, porque, como es natural, quero ver cuanto ueda sobre las costumbres del país. Evidentemente me esperaban, ya que al llegar a la puerta me recibió una señora mayor, de expresión alegre, vestida con el ahbitual atuendo de campesina -saya blanca y delantal doble, por delante y por detrás, de paño de colores, demasiado ajustado para el recato-. Una vez a su lado, me saludó con una inclinación de cabeza, y dijo:

- ¿El Herr inglés?

- Sí -dije-; soy Jonathan Harker.

Sonrió, y dio instrucciones a un hombre de edad, en mangas de camisa, que la había seguido hasta la puerta. Dicho hombre desapareció, y regresó inmediatamente con una carta:




Distinguido amigo:

Bienvenido a los Cárpatos. Le espero con impaciencia. Descanse esta noche. Mañana a las tres saldrá la diligencia para Bucovina; he reservado una plaza en ella para usted. Mi coche le estará esperando en el desfiladero de Borgo para traerle hasta aquí. Confío en que haya tenido un feliz viaje desde Londres, y que disfrute durante su estancia en mi hermoso país.

Su amigo.
DRÁCULA




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20 febrero 2018

El paso y el peso del tiempo



Hace casi trece años, las bitácoras fueron el vehículo perfecto para poseer un escaparate propio por la red. Lo mismo veíamos que nos veían. Y ese juego nos agradaba bastante a todos.

Pronto llegó MySpace y todo sucumbió ante Facebook. A la mayoría no nos costó trabajo adaptarnos aunque yo abrí mi cuenta hasta abril de 2009.

Intenté jugar a dos bandas. Atender mi bitácora y mi perfil en FB. Pero la interacción y la inmediatez de la red social, ganaron casi por KO.

Ha iniciado un año más y apenas asomo la nariz hasta este día. No he hecho ningún propósito sobre esta bitácora pero un año más haré acopio de toda mi voluntad para intentar abandonarla lo menos posible.

Espero que me sigan acompañando :)



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25 diciembre 2017

Historia de Navidad (Truman Capote)



Una mañana de últimos de noviembre. Un amanecer de invierno, hace más de veinte años. La cocina de una vieja casa espaciosa en una aldea. Constituye su rasgo principal una gran estufa negra; pero hay también una gran mesa redonda y una chimenea con dos mecedoras colocadas ante ella. Aquel día comenzaba en la chimenea el rugido invernal.

Una mujer de pelo corto y canoso está de pie ante la ventana de la cocina. Lleva zapatos de tenis y un informe suéter gris sobre un vestido de algodón veraniego. Es pequeña y vivaracha como una gallinita de bantam; pero, debido a una larga enfermedad de la infancia, sus hombros son lastimosamente gibosos. Su rostro es singular..., parecido al de Lincoln, así de áspero, curtido por el sol y el viento; pero también es delicado, de fino trazo, y sus ojos son tímidos, color de cereza.

   -¡Oh, madre mía! -exclama, empañando el vidrio de las ventanas con su aliento-. ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!

La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos, muy distantes, y hemos vivido juntos..., bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes; y aunque tienen poder sobre nosotros, y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia. Somos el mejor amigo uno de otro. Me llama Buddy, en recuerdo de un muchacho que fue antes su mejor amigo. El otro Buddy murió en 1880 y tantos, cuando ella era todavía una niña. Ahora es todavía una niña.

   -Lo supe antes de levantarme -dice, alejándose de la ventana con una excitada decisión en los ojos-. ¡La campana de la Audiencia sonaba tan fría y clara! Y no había pájaros que cantasen; se habían marchado a tierras más cálidas, sí. ¡Oh, Buddy deja de tragar bizcochos y trae nuestro carrito! Ayúdame a buscar mi sombrero. Tenemos que hacer treinta pasteles.

Siempre lo mismo: llega una mañana de noviembre y mi amiga, como inaugurando oficialmente la época navideña que alboroza su imaginación y aviva las llamas de su corazón, anuncia: «¡Llegó el tiempo de los pasteles de frutas! Trae nuestro carrito. Ayúdame a buscar mi sombrero».

Se encuentra el sombrero, una rueda de paja adornada con rosas de terciopelo que la intemperie ha marchitado: en otro tiempo perteneció a una parienta muy elegante. Los dos juntos empujamos nuestro carrito, un destrozado coche de niño, hacia el jardín y hacia un bosquecillo de pacanas. El carrito es mío, es decir, fue comprado para mí cuando nací. Está hecho de mimbre, bastante desbaratado, y las ruedas se bambolean como las piernas de un borracho. Pero es un servidor leal; en primavera, lo llevamos a los bosques y lo llenamos de flores, hierbas, helechos para las macetas de nuestra galería; un verano, lo cargamos con provisiones para el picnic y con cañas de azúcar para pescar, y lo empujamos hasta la orilla del arroyo; también tiene sus usos invernales: transportar leña del patio a la cocina, servir de cama tibia para Queenie, nuestra pequeña terrier anaranjada y blanca, vigorosa, que ha sobrevivido a enfermedades y a dos mordeduras de serpientes de cascabel. Ahora Queenie va trotando junto al carrito.

Tres horas más tarde estamos de regreso en la cocina con una carretada de pacanas caídas de los árboles. Nos dolía la espalda por el esfuerzo de recogerlas: era difícil encontrarlas (puesto que la cosecha principal había sido recogida sacudiendo los árboles y vendida por los propietarios de la huerta, que no éramos nosotros) entre las hojas que las ocultaban y la hierba escarchada y engañadora. ¡Craaac! Un alegre crujido y estallidos de un trueno en miniatura se oyen cuando se rompen las cáscaras y el dorado montón de dulces almendras aceitosas y marfileñas aumenta en la vasija de criolita. Queenie pide que lo dejemos probar, y de cuando en cuando mi amiga le da furtivamente un trocito, aunque insistiendo en que con ello nos privamos.

   -No debemos, Buddy. Si empezamos, no pararemos. Y apenas si alcanza con esto. Para treinta pasteles.

La cocina está oscureciéndose. El crepúsculo convierte la ventana en un espejo: nuestro reflejo se mezcla con la luna naciente mientras trabajamos junto a la chimenea al resplandor del fuego. Por último, cuando la luna ya está alta, arrojamos la última cáscara al fuego y, suspirando al unísono, la vemos encenderse. El carrito está vacío, la vasija llena hasta el borde.

Cenamos (bizcochos fríos, tocino, dulce de zarzamora) y discutimos sobre lo que haremos mañana. Mañana empieza la clase de trabajo que me gusta más: comprar. Cerezas y sidra, jengibre y vainilla, pasas y nueces y whisky, y, ¡oh, tanta harina, mantequilla, tantos huevos, especias, esencias! ¡Caramba, necesitaremos un pony para tirar del carrito hasta la casa!

Pero antes de que se puedan efectuar esas compras, está la cuestión del dinero. Ninguno de los dos lo tiene. Excepto las miserables sumas que alguna vez obtenemos de las personas de la casa (diez centavos se considera una gran cantidad), o lo que ganamos con ciertas actividades: ventas diversas, de cubos llenas de moras cosechadas por nosotros, tarros de mermelada y jalea de manzana y conservas de melocotón hechas en casa, flores para los entierros y las bodas. Una vez ganamos un concurso sobre el fútbol nacional. No es que entendiéramos nada de fútbol. Es, simplemente, que participamos en cualquier concurso de que tuviéramos noticias: en aquel momento nuestras esperanzas se cifraban en el gran premio de cincuenta mil dólares ofrecidos para dar nombre a una nueva marca de café (propusimos «A.M.»; y después de alguna vacilación, pues mi amiga pensaba que acaso sería sacrílego el slogan «A.M. Amén»). Para decir la verdad, nuestra única empresa «realmente» provechosa fue el Museo de Rarezas y Diversiones que organizamos en el cobertizo de un patio, dos veranos antes. Las Diversiones consistían en una linterna mágica con vistas de Washington y de Nueva York que nos prestó una parienta que había estado en aquellos lugares (y se puso furiosa cuando descubrió para qué se la habíamos pedido); las Rarezas, un polluelo de tres patas empollado por una de nuestras gallinas. Todo el mundo quería ver aquel polluelo; hacíamos pagar un níquel a los mayores y dos centavos a los niños. Y habíamos colectado lo menos veinte dólares cuando se cerró el museo por la muerte de la principal atracción.

Pero de una manera o de otra, cada año reuníamos unos ahorros para Navidad, el Fondo de los Pasteles de Frutas. Guardábamos ese dinero en una vieja bolsa de cuentas, bajo una tabla suelta del piso, bajo el orinal, bajo la cama de mi amiga. Rara vez sacamos la bolsa de su seguro escondrijo, excepto para depositar dinero o, como sucede cada sábado, para retirarlo; pues los sábados se me conceden diez centavos para ir al cine. Mi amiga no ha ido nunca al cine ni piensa ir. Dice:

-Prefiero que me lo cuentes, Buddy. De esssta manera puedo imaginar más. Por otra parte, una persona de mi edad no debe gastarse la vista. Cuando el Señor venga, que pueda verlo claramente.

Además de no haber visto nunca una película, nunca tampoco había: comido en un restaurante, viajado hasta más de cinco millas de la casa, recibido o enviado un telegrama, leído nada excepto tebeos y la Biblia, usado maquillaje, maldecido, deseado mal a nadie, mentido a sabiendas, dejado que un perro hambriento siguiera hambriento. He aquí algunas cosas que ha hecho y que hace: mató con un azadón la mayor serpiente de cascabel que se ha visto en este condado (de dieciséis anillos), toma rapé (secretamente), domestica colibríes (hagan la prueba) hasta que se posen sobre su dedo, cuenta historias de fantasmas (ambos creemos en fantasmas) tan escalofriantes que le hielan a uno en el mes de julio, habla sola, pasea bajo la lluvia, cultiva las más hermosas camelias japonesas de la población y sabe la receta de toda clase de viejas curaciones indias, incluyendo un remedio mágico para extirpar verrugas.

Ahora, terminada la cena, nos retiramos a nuestra habitación, situada en una parte remota de la casa, donde mi amiga duerme en una cama de hierro cubierta con una vieja colcha y pintada de rosa, su color favorito. Silenciosamente, entregados a los placeres de la conspiración, sacamos la bolsa de su escondrijo y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de a dólar apretadamente enrollados y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de a cincuenta centavos, lo bastante pesadas para mantener cerrados los ojos de un muerto. Hermosas piezas de a diez, la moneda más viva, la que realmente tintinea. Níqueles y cuartos de dólar, pulidos por el uso como guijarros de arroyo. Pero, más que nada, un odioso montón de centavitos de color acre. El verano pasado los otros de la casa convinieron en pagarnos un centavo por cada veinticinco moscas que matáramos. ¡Oh, la carnicería de agosto, las moscas que volaron al cielo! Sin embargo, ése no era un trabajo que nos enorgulleciera. Y mientras estábamos sentados contando centavos, era como si volviéramos a hacer el recuento de moscas muertas. Ninguno de los dos tenía cabeza para los números; contábamos lentamente, nos equivocábamos, volvíamos a empezar. De acuerdo con los cálculos de mi amiga, tenía $ 12.73. Según los míos, exactamente $13.

   -Espero que te hayas equivocado, Buddy. NNNo podemos hacer nada con trece. Los pasteles saldrían mal. O alguien iría al cementerio. ¡Ni pensar en levantarme de la cama el día trece!

Eso es verdad: mi amiga siempre pasa los días trece en la cama. Por lo tanto, para asegurarnos, separamos un centavo y lo arrojamos por la ventana.

De todos los ingredientes que componen nuestros pasteles de frutas, el whisky es el más caro, así como el más difícil de obtener: las leyes estado prohíben su venta. Pero todo el mundo sabe que se puede comprar una botella al señor Jajá Jones. Al día siguiente, terminada nuestras compras más prosaicas, nos dirigimos al establecimiento del señor Jajá, un «pecaminoso» ( según la opinión pública) café, donde hay baile y frituras de pescado, a la orilla del río. Habíamos estado allí antes y con el mismo objeto; pero los años anteriores tratamos con la esposa de Jajá, una india oscura como el yodo, pelo oxigenado color latón y un aire de extrema fatiga. Nunca, en verdad, habíamos visto a su marido, aunque habíamos oído decir que también es indio. Un gigante con cicatrices de navaja en las mejillas. Lo llaman Jajá porque es muy ceñudo, un hombre que nunca ríe.

A medida que nos acercábamos al café (larga cabaña de troncos, festoneada dentro y fuera con filas alegres y deslumbradoras bombillas eléctricas, que se levantaban junto a la orilla fangosa del río, bajo la sombra de árboles ribereños donde el musgo sube entre las ramas como niebla gris), nuestros pasos se hacían más lentos. Hasta Queenie deja de corretear y anda muy pegada a nosotros. Ha habido asesinatos en el café de Jajá. Personas despedazadas. Descalabradas. Hay un caso que irá al tribunal el mes próximo. 

Naturalmente, tales sucesos ocurren por la noche, cuando las luces de colores proyectan dibujos fantásticos y el fonógrafo aúlla. De día, el establecimiento de Jajá se ve mísero y desierto. Llamo a la puerta, Queenie ladra, mi amiga grita:

   -¿Señora Jajá? ¿Señora? ¿Hay alguien en la casa?

Pasos. La puerta se abre. Nuestros corazones dan un vuelco. ¡Es el propio señor Jajá Jones! Y «es» un gigante; y «sí» tiene cicatrices; y «no» sonríe. Ceñudo, nos mira con ojos oblicuos de Satán y pregunta:

   -¿Qué quieren de Jajá?

Por un momento estamos demasiado paralizados para contestar. Al fin mi amiga encuentra a medias su voz, un susurro de voz a lo sumo:

   -Si nos hace el favor, señor Jajá, quisiérrramos un litro de su mejor whisky.

Sus ojos se inclinan más. ¿Quién lo creería? ¡Jajá está sonriendo! Es más, ríe.

   -¿Quién de ustedes es el bebedor?

   -Es para hacer pasteles de fruta, señor Jaaajá. Para cocinar.

Eso lo calma. Frunce el ceño.

   -¡Qué manera de malgastar el buen whisky!

No obstante, se retira dentro del sombrío café y unos segundos más tarde aparece con una botella sin etiqueta llena de licor de un amarillo de margarita. Muestra su reflejo a la luz del sol y dice:

   -Dos dólares.

Le pagamos con monedas de a diez, cinco y un centavo. De pronto, mientras agita las monedas en su mano como si fuesen dados, su cara se suaviza.

   -¿Saben qué les digo? -propone, volviendo a meter el dinero en nuestra bolsa de cuentas-. En vez de pagar, mándenme uno de esos pasteles de frutas.

   -Bueno -observa mi amiga por el camino de regreso a casa-, es un hombre encantador. Pondremos una taza más de pasas en «su» pastel.

La estufa negra, cargada de carbón y leña, resplandece como una calabaza iluminada por dentro. Las batidoras de huevo giran, las cucharas revuelven las vasijas de mantequilla y azúcar, la vainilla endulza el aire, el jengibre lo hace picante; una mezcla de olores que producen hormigueo a las narices, satura la cocina, se difunde por la casa, se esparce por el mundo en bocanadas de humo de la chimenea. En cuatro días nuestra obra ha terminado. Treinta y un pasteles, empapados de whisky, en los antepechos de las ventanas y los anaqueles.

¿Para quién son?

Amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: realmente, la mayor parte están destinados a personas a quienes hemos visto quizá una vez, quizá nunca. Personas que han impresionado nuestra imaginación. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y su esposa, misioneros baptistas en Borneo que dieron conferencias aquí el invierno anterior. O el pequeño afilador que viene a recorrer la aldea dos veces al año. O Abne Packer, el conductor del autocar de Mobile de las seis, con quien cambiamos ademanes de saludo cada día cuando pasa en una nube veloz de polvo. O los jóvenes Wiston, una pareja de California, cuyo coche una tarde se averió frente a la casa y pasaron una hora agradable charlando con nosotros en la galería (el joven señor Wiston nos sacó una instantánea, la única fotografía que nos han hecho en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga es tímida con todo el mundo «excepto» con los extraños, que esos extraños, y las relaciones más fugaces, nos parecen ser nuestros verdaderos amigos? Creo que sí. También los álbumes donde guardábamos las palabras de agradecimiento en papel de carta de la Casa Blanca, alguna que otra comunicación de California y Borneo, las postales de a centavo del afilador, nos hacían sentirnos unidos a unos mundos extraordinarios más allá de la cocina con sus vistas a un cielo limitado.

Ahora la rama desnuda de una higuera, en diciembre, roza la ventana. La cocina está vacía, los pasteles han desaparecido ayer llevamos el último de ellos a la oficina de correos, donde el importe de los sellos dejó vacía nuestra bolsa. Estábamos sin un centavo. Esto me deprime, pero mi amiga insiste en celebrarlo..., con dos dedos de whisky que queda en la botella de Jajá. Damos a Queenie una cucharada en una taza de café (le gusta el café con sabor de achicoria y fuerte). El resto lo dividimos entre dos copas. Ambos amedrentados ante la perspectiva de tomar whisky puro; su sabor provoca gestos contraídos y estremecimientos. Pero poco a poco nos ponemos a cantar, cada uno diferentes canciones, simultáneamente. No sé la letra de la mía, sólo: «Ven, ven a la ciudad oscura, al baile de los faroleros». Pero sé bailar: quiero ser un bailarín de cine. Mi sombra danzante retoza sobre las paredes; nuestras voces sacuden la vajilla; reímos como si manos invisibles nos hicieran cosquillas. Queenie rueda sobre su espalda, sus patas se agitan en el aire, algo como una sonrisa estira sus labios negros. Por dentro me siento arder y chispear como esos leños que se desmoronan, despreocupado como el viento en la chimenea. Mi amiga da vueltas de vals en torno a la estufa, sosteniendo entre sus dedos el borde de su pobre falda de algodón como si fuera un vestido de baile. «Enséñame el camino para ir a casa», canta, mientras sus zapatos de tenis chirrían sobre el piso. «Enséñame el camino para ir a casa...»

Entran dos parientas. Muy enojadas. Potentes, con ojos que escarban, lenguas que escaldan. Escuchad lo que tienen que decir, palabras que caen con tono iracundo:

   -¡Un niño de siete años! ¡Whisky en su aliento! ¿Has perdido el juicio? ¡Licor a un niño de siete años! ¡Si serás necia! ¡Camino a la perdición! ¿Recuerdas a la prima Kate? ¿Al tío Charlie? ¿Al cuñado del tío Charlie? ¡Vergüenza! ¡Escándalo! ¡Humillación! ¡Arrodíllate, reza, ruega al Señor!

Queenie se esconde bajo la estufa. Mi amiga mira sus zapatos, su barbilla tiembla, levanta su falda y se limpia la nariz y corre a su habitación. Cuando ya hace mucho que la ciudad duerme y la casa está silenciosa, excepto por los relojes al dar las horas y el chisporroteo de los fuegos que van apagándose, está llorando sobre una almohada ya tan mojada como el pañuelo de una viuda.

   -No llores -le digo, sentado a los pies deee su cama y temblando a pesar de mi camisa de noche de franela que huele a jarabe para la tos del invierno pasado-. No llores -le ruego tironeándole los dedos de los pies y haciéndole cosquillas-, eres demasiado vieja para eso.

   -Es porque -dice en un hipo- «soyyy demasiado vieja. Vieja y ridícula.

   -No ridícula. Divertida. Más divertida que nadie. Oye: si no dejas de llorar, mañana estarás tan cansada que no podremos ir a cortar un árbol.

Se incorpora. Queenie salta sobre la cama (cosa que le está prohibida) y le lame las mejillas.

   -Sé donde encontraremos árboles verdaderammmente hermosos, Buddy. Y acebo también. Con bayas grandes como tus ojos. Es muy adentro de los bosques. No hemos ido nunca tan lejos. Papá nos traía árboles de Navidad de allí; los cargaba sobre su hombro. De eso hace cincuenta años. Bueno, ¡no puedo esperar la mañana!

Mañana. La hierba resplandece con la escarcha; el sol, redondo como una naranja y anaranjado como las lunas del tiempo cálido, se alza en equilibrio sobre el horizonte, pule los bosques plateados de invierno. Un pavo silvestre canta. Un cerdo vagabundo gruñe entre la maleza. Pronto, a la orilla del agua de rápida corriente, profunda hasta llegar a la rodilla, tenemos que abandonar el carrito. Queenie es la primera en vadear el arroyo, chapotea ladrando plañideramente a la rapidez de la corriente y a su frialdad capaz de producir neumonía. Nosotros la seguimos, sosteniendo nuestros zapatos y equipo (un hacha y un saco de arpillera) sobre nuestras cabezas. Kilómetro y medio más: de espinas, zarzas y cardos atormentadores que se agarran a nuestros vestidos; de rojizas agujas de pino, brillantes, mezcladas con hongos de alegres colores y plumas de pájaros. Aquí y allá, un vuelo fugaz, un alboroto, una explosión de chillidos nos recuerdan que no todas las aves han volado hacia el sur. Siempre el sendero serpentea entre charcos de sol almidonado y oscuras bóvedas de ramas. Hay que cruzar otro arroyo: una alborotada flota de abigarradas truchas agita el agua a nuestro alrededor, y ranas del tamaño de platos practican las zambullidas de panza: obreros castores están construyendo un dique. En la otra orilla, Queenie se sacude y tiembla. Mi amiga también se estremece, no de frío sino de entusiasmo. Una de las maltrechas rosas de su sombrero suelta un pétalo cuando ella levanta la cabeza y aspira el aire cargado de aroma de pinos.

   -Ya casi llegamos. ¿Los hueles, Buddy? - dice, como si nos acercáramos al océano.

Y, en efecto, es una especie de océano. Grandes extensiones perfumadas de árboles navideños, acebos de punzantes hojas. Bayas rojas como brillantes campanillas chinas: los negros cuervos se precipitan chillando sobre ellas. Ya llenos nuestros sacos de suficiente verde y escarlata para rodear de guirnaldas una docena de ventanas, vamos a elegir un árbol, por fin.

   -Debe ser -murmura mi amiga- dos veces más alto que un muchacho. De esta manera ningún muchacho podrá robar la estrella.

El que elegimos es dos veces más alto que yo. Hermoso y valiente bruto que sobrevive a treinta hachazos antes de ceder con un crujiente grito de rendición. Tomándolo como un animal muerto, empezamos el largo arrastre. A los pocos metros abandonamos la lucha, nos sentamos y jadeamos. Pero tenemos la fuerza de los cazadores victoriosos; esto y el perfume frío y viril del árbol nos reanima, nos aguijonea. Muchos elogios acompañan nuestro regreso, a puesta de sol, por la carretera de arcilla roja que lleva a la aldea; pero mi amiga es taimada y evasiva cuando los viandantes alaban el tesoro cargado en nuestro carrito.

   -¡Qué hermoso árbol! ¿De dónde lo traen? -De por allá - murmura ella, vagamente. Una vez se detiene un coche y la holgazana esposa del rico propietario del molino se asoma y relincha:

   -Les doy veinte centavos por ese viejo árbol.

Ordinariamente mi amiga tiene miedo de decir que no; pero en esta ocasión sacude prontamente la cabeza:

   -No lo daríamos ni por un dólar.

   -¡Un dólar! ¡Madre! Cincuenta centavos. Es lo más que doy. ¡Por Dios, mujer!, pueden ir a buscar otro.

En respuesta, mi amiga observa suavemente:

   -Lo dudo. Nunca hay dos de nada.

En casa, Queenie se deja caer junto al fuego y duerme hasta la mañana, roncando fuerte como un ser humano.

~ ~ ~

Un baúl en el desván contiene: una caja de zapatos llena de colas de armiño (procedentes de una capa de teatro de una curiosa dama que una vez alquiló una habitación en la casa), rollos de colgajos de relumbrón dorados por los años, una estrella de plata, una corta serie de bombillas acarameladas, viejas, indudablemente peligrosas. Excelente decoración hasta donde alcanza, que no es lo suficiente: mi amiga quiere que nuestro árbol resplandezca «como una ventana de los baptistas», que se doble bajo el peso de las nieves de adorno. Pero no podemos costear los esplendores de fabricación japonesa que venden en el «cinco y diez». Por lo tanto, hacemos lo que hemos hecho siempre: pasar días sentados ante la mesa de la cocina con tijeras y lápices y montones de papel de colores. Yo hago los dibujos y mi amiga los recorta: gran cantidad de gatos, peces también (porque son fáciles de dibujar), algunas manzanas, algunas sandías, unos pocos de ángeles alados hechos de envoltorios de papel de estaño que tenemos guardado. Empleamos imperdibles para sujetar al árbol esas creaciones: como toque final, salpicamos las ramas con algodón desmenuzado (recogido en agosto con ese propósito). Mi amiga, contemplando el efecto, junta sus manos.

   -Ahora, francamente, Buddy, ¿no te parece bueno para comer?

Queenie trata de comerse un ángel.

Después de tejer y adornar con cintas las coronas de acebo para todas las ventanas de la fachada, nuestro proyecto inmediato es la preparación de los regalos para la familia. Pañoletas para las damas, para los hombres un jarabe, preparado en casa, de limón, regaliz y aspirina, para tomarlo «a los primeros síntomas de un resfriado y después de cazar». Pero cuando llega la hora de preparar nuestros mutuos regalos, mi amiga y yo nos separamos para trabajar secretamente. Me gustaría comprarle un cuchillo con mango de nácar, una radio, una libra de cerezas cubiertas de chocolate (una vez probamos algunas y ella siempre jura: «viviría siempre de cerezas, Buddy. ¡Señor, si, podría...!, y esto no es tomar Su nombre en vano»). En vez de todo eso, le estoy haciendo una cometa. A ella le gustaría regalarme una bicicleta (lo ha dicho un millón de veces: «si yo pudiera, al menos, Buddy. Ya es bastante malo pasar la vida sin lo que "uno" desea; pero, que Dios lo confunda, lo que me fastidia es no poder dar a "alguien" lo que deseo que tenga. Pero cualquier día lo haré, Buddy. Te encontraré una bicicleta. No preguntes cómo. La robaré quizá»). En vez de eso, estoy casi seguro de que me está haciendo una cometa..., igual que el año pasado, y que el anterior: el anterior a ese nos regalamos hondas. Todo lo cual me parece muy bien. Pues somos campeones de vuelo de cometa, sabemos estudiar el viento como los marineros; mi amiga, más experta que yo, puede elevar una cometa cuando ni siquiera sopla brisa suficiente para arrastrar a las nubes.

La víspera de Navidad, por la tarde, reunimos un níquel y vamos a la carnicería a comprar el regalo tradicional para Queenie, un buen hueso de ternera para roer. El hueso, envuelto en papel fantasía, se cuelga alto en el árbol, cerca de la estrella de plata. Queenie sabe que está allá. Se agazapa al pie del árbol mirando hacia arriba en un arrobo codicioso. Cuando llega la hora de ir a dormir se niega a moverse. Su excitación es igualada por la mía. Levanto a patadas las mantas y doy vueltas a la almohada como si fuese una abrasadora noche de verano. En algún lugar canta un gallo, falsamente, pues el sol está todavía al otro lado del mundo.

   -¿Buddy, estás despierto?

Es mi amiga que me llama desde su habitación, contigua a la mía; y un momento más tarde está sentada en mi cama, sosteniendo una vela.

   -Bueno, no puedo dormir ni tanto así -declara-. Mi pensamiento salta como una liebre. Buddy, ¿crees que la señora Roosevelt servirá nuestro pastel en la cena?

Nos arrebujamos en la cama y ella me oprime la mano con ternura.

   -Diría que tu mano era mucho más pequeña. Creo que me disgusta verte crecer. Cuando seas mayor, ¿seremos amigos todavía?

Yo digo que lo seremos siempre.

   -¡Me siento muy triste, Buddy! ¡Deseaba tanto regalarte una bicicleta! Traté de vender el camafeo que me regaló papá. Buddy... -vacila, como turbada-, te he hecho otra cometa.

Entonces, yo confieso que hice una para ella también; y reímos. La vela está demasiado agotada para seguir ardiendo. Se apaga, y deja ver la luz de las estrellas, esas estrellas que giran en la ventana como un visible villancico al que, lentamente, lentamente, el alba acalla. Posiblemente estamos adormilados; pero los primeros resplandores de la aurora nos rocían como agua fría; ya estamos levantados, con los ojos muy abiertos y dando vueltas mientras esperamos que los demás despierten. Adrede, mi amiga deja caer un caldero sobre el suelo de la cocina. Yo bailo, repiqueteando con los pies, frente a las puertas cerradas. Uno a uno salen los de casa, con caras de querer matarnos a los dos; pero es Navidad y, por lo tanto, no pueden hacerlo. Primero, un espléndido desayuno: absolutamente todo lo que uno puede imaginar..., desde las tortas de sartén y la ardilla frita, hasta el pinole y la miel en panal. Lo cual pone a todos de buen humor, menos a mi amiga y a mí. Francamente, tenemos tanta impaciencia por ver los regalos, que no podemos tragar un bocado.

Bueno, quedo decepcionado. ¿Quién no lo estaría? Calcetines, una camisa para ir a la escuela dominical, algunos pañuelos, un suéter usado y un año de suscripción a una revista religiosa para niños. El Pequeño Pastor. Me indigna. Realmente me indigna.

Mi amiga saca mejor tajada. Un saco de ciruelas, que es su mejor regalo. Sin embargo, está más orgullosa de un chal de lana blanca tejido por su hermana casada. Pero «dice» que su regalo favorito es la cometa que yo le hice. Y «es» muy hermosa; aunque no tan hermosa como la que ella hizo para mí, que es azul y tachonada de estrellas de Buena Conducta doradas y verdes; además, en ella está pintado mi nombre, «Buddy».

   -Buddy, está soplando el viento.

Sopla el viento, y nada haremos sino correr hasta unos prados que hay más abajo de la casa, adonde Queenie había volado para enterrar su hueso (y donde el otro invierno, Queenie será enterrada también). Una vez allí, sumergidos en la lozana hierba que nos llega hasta la cintura, soltamos nuestras cometas, las sentimos que tiran del cordel como peces del cielo que nadan en el viento. Satisfechos, calientes del sol, nos tendemos en la hierba y pelamos ciruelas y contemplamos el cabriolar de nuestras cometas. Pronto olvido los calcetines y el suéter usado. Soy tan feliz como si ya hubiéramos ganado el Gran Premio de cincuenta mil dólares en aquel concurso de dar nombre a un café.

   -¡Madre, que tonta soy! -exclama mi amiga, súbitamente alerta, como una mujer que recuerda demasiado tarde que tiene bizcochos en el horno-. ¿Sabes lo que he creído siempre? -pregunta en un tono de descubrimiento y no sonriéndome a mí, sino a un punto situado más allá-. Siempre he creído que un cuerpo tiene que estar enfermo y morir antes de ver al Señor. Y me imaginaba que cuando Él viniese sería como mirar a través de la ventana de los baptistas: hermoso como un cristal de color atravesado por el sol, un brillo tal que no te enteras de que oscurece. Y ha sido un consuelo pensar en aquel resplandor que hace desaparecer todo el miedo al coco. Pero estoy segura de que eso no sucede nunca. Estoy segura de que en el último momento el cuerpo comprende que el Señor ya se ha mostrado. Que ver las cosas tal como son -su mano hace un ademán circular que abarca nubes y cometas y hierba y a Queenie echando tierra con las patas sobre su hueso-, simplemente como siempre las ha visto, era verlo a Él. En cuanto a mí, podría dejar el mundo con el día de hoy en los ojos.

~ ~ ~

Esta es nuestra última Navidad juntos.

La vida nos separa. Aquellos que Saben Más deciden que debo ir a una escuela militar. Y de este modo sigue una miserable sucesión de prisiones donde suena la corneta, severos campamentos de verano con toque de diana. Tengo también un nuevo hogar. Pero no cuenta. El hogar es donde está mi amiga, y allí nunca voy.

Y allí permanece ella, entreteniéndose en la cocina. Sola con Queenie. Sola, pues. («Buddy querido -escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, ayer el caballo de Jim Macy dio a Queenie una coz mortal. Gracias a Dios, no sufrió mucho. La envolví en una fina sábana de lino y la llevé en el carrito hasta el paso de Simpson, donde puede descansar con todos sus huesos...»). Durante algunos noviembres continúa haciendo sola sus pasteles de frutas; no tantos, pero algunos; y, naturalmente, siempre me manda «el mejor de la hornada». Además, en cada carta incluye diez centavos envueltos en papel higiénico: «ve al cine y cuéntame la película». Pero, gradualmente, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en 1880 y tantos; cada vez más son no solo los días trece en que se queda en la cama: llega un mañana de noviembre, un amanecer de invierno sin hojas y sin pájaros, en que no puede levantarse y exclama: «¡Oh, madre mía! ¡Llegó el tiempo de los pasteles de fruta!»

Y cuando eso sucede, lo sé. El mensaje que me lo anuncia no hace más que confirmar una noticia que ha recibido ya cierta secreta fibra, amputando una parte insustituible de mi mismo, dejándola suelta como una cometa con el cordel roto. Es por eso que, al atravesar un patio de la escuela en esa particular mañana de diciembre, voy escudriñando el firmamento. Como si esperase ver, semejantes a corazones, un par de cometas sueltas que corren al cielo.


Truman Capote
1956




 La única foto que existe de Truman Capote y su prima Sook, en quien probablemente se basó para Historia de Navidad




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