27 mayo 2011

Out of the ruins



http://www.youtube.com/watch?v=5LBj2cjPSH8


"Out of ruins" - Pat Benatar


Hopeful and filled with emotion
Lovers enjoying their sweet conquests
Pledging undying devotion
He felt the warm winds encircle his heart;
Softly, gently caressing all of his being
Every part, his love for her was unending

She was all that he dreamed of all of his life
For her there was no other
Happy were they as man and wife
Happy were they that summer
But all that it seemed was not meant to be,
The world was lost in indifference
And what began as a small incident ended up as hell
Then without warning all that they knew
Everything they'd been together was taken away,
Swift and cruel on that terrible night in summer

Out of the ruins he called her name
Echoing over and over
Silently waiting, but no one came
Out of the ruins that summer

But all that it seemed was not meant to be
The world was lost in indifference
And what began as a small incident ended up as hell
Out of the ruins he walked alone
Empty and broken forever
With nothing left but the sweet memory
Of how it began that summer



Del álbum "Go" (2003)


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Una curiosidad dentro del repertorio de esta gran artista que es Pat Benatar. Un tema escrito por ella y su marido Neil Geraldo: la historia de una pareja joven que es arrasada por el Holocausto.




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21 mayo 2011

Recuento


. A pesar de las redes sociales tan mega-guays, quiero, intento, pretendo conservar este blog. A pesar de que en Facebook (no me aclaro con el mentado Twitter y creo que no me aclararé jamás :P) hay una interacción casi inmediata y que lo he preferido por encima del MSN para comunicarme con mis amigos, hay muchos temas que los considero más "propicios" para el blog. Así que, si el tiempo lo permite, jejeje, seguiré dando guerra por estos lares. El próximo 1 de julio será el sexto aniversario xD


. Hace un par de semanas publiqué el inicio de la novela Drácula conmemorando las fechas que Stoker eligió para dar comienzo a su historia :) Sólo por el gusto de hacerlo. No hubo ningún otro motivo. Aunque en el camino redescubrí que un 26 de mayo de 1897 se puso a la venta la primera edición de Drácula. También me enteré que hace poco tiempo se subastó uno de estos ejemplares con el plus de que estaba firmado por el mismísimo Bram Stoker. Pinchar aquí y morir de envidia, hahahaha.


. La próxima semana se emitirá el penúltimo capítulo de la adaptación a tele de La Reina del Sur, la novela de Arturo Pérez-Reverte, en Antena 3. En este lado del mundo condensaron la telenovela (con todas sus letras) a formato serie moderna y de 70 capítulos originales pasó a 13 :P No había comentado nada en espera de tratar de digerir la adaptación. Además, así a bote pronto, me convencía y mucho la elección del casting y lo bien que se lo habían currado lo de Telemundo sin reparar en gastos para filmar en ambos lados del Atlántico. Kate del Castillo se había mentalizado bastante bien y daba el pego de Teresa Mendoza. Pero lo que pintaba tan bien al principio, se fue transformando en una adaptación casi incalificable. No buena, pero tampoco mala. Más bien... rara :/

Y si bien Pérez-Reverte había dado su visto bueno y sobre todo había dejado claro que de continuaciones nada, que la historia no lo permitiría ni él mismo, los "elementos" que fueron agregando aquí y allá los guionistas, dejaban un raro sabor de boca. Y no es que "mi" Teresa, la que me imaginé leyendo la novela, fuese casi intocable o tan perfecta, pero en la adaptación a tele no se nota su progreso no sólo dentro del mundo del narcotráfico, sino el personal, el más importante, creo yo. No se le notan los cojones para salir adelante sola. En la adaptación siempre parece que se "apoya" en alguien ya sea para salir adelante como para mantenerse en ese destino que no eligió.

Vale, en la novela hay un narrador onmisciente y quizá para reflejar lo que pasa por la cabeza de Teresa habría que echar mano de monólogos. Pero, por ejemplo, no me "cuadra" la unión que forja con las chicas del puticlub donde una de ellas se convierte en su cuasi hermana del alma. Tampoco que le hayan creado casi con calzador, esa especie de enamoramiento del abogado hijoputa que sólo la utiliza. El cambio tan fundamental que se ve en cada punto y en cada coma de la novela, tanto en el interior como en el exterior, en la adaptación a tele sólo se muestra con un cambio de maquillaje y de vestuario :/ Insisto, se nota que por una vez en toda su carrera, Kate del Castillo se ha esforzado por hacer creíble su actuación, pero "su" Teresa Mendoza es estática. No evoluciona.

Bravo bravísimo por Patty O'Farrell (Cristina Urgel), por Pote Galvéz (Dagoberto Gama) y por Santiago Fisterra (Iván Sánchez), lo mejor de todo el casting, porque ni siquiera se salva Humberto Zurita como el capo de los capos :P "Salta" mucho ese dejo norteño que le impone a su Epigmenio Vargas y que sólo nos hace recordar a cualquier cómico. Me parece muy patético quien encarna o cómo encarna al mafioso ruski Oleg Yasikov (Alberto Jiménez). No se ajusta por ningún lado a la descripción que aparece en la novela. Me sobra la supuesta agente especial Guadalupe Romero (Sara Maldonado) que termina enamorada hasta las cachas de la Teniente O'Farrell. Y echo de menos aquellos detalles tan curiosos (y casi aptos para los lectores más frikis, jejejeje) del principio de la adaptación donde calcaban los diálogos y las expresiones de la novela.

Ha sido un buen esfuerzo, quizá marcará un precedente en el mundo de las telenovelas, pero tampoco es para echar cohetes de felicidad :P En un principio sólo me pareció un detalle curioso, pero a estas alturas de la emisión, no entiendo por qué la adaptación fue recortada a trece capítulos para su emisión en España. Y no es que filmaran dos versiones: simple y sencillamente editaron casi a machetazo limpio :P Trataron de ser fieles a la novela, inclusive con el vocabulario, que en aquel lado del mundo les ha valido para ser carne de censura; todo lo contrario en este donde se emite sin problema alguno. Y aún así, en España decidieron emitirla en formato serie. No sé qué mal rollo les daba anunciarla como telenovela.


. Ya he visto las tres temporadas de Sons of Anarchy xD En septiembre estrenan la cuarta y muero por verla. Me ha convencido mucho el argumento y la forma de presentar las historias. Hay un montón de cosas que sólo entenderán los que han conocido o viven dentro del mundo motero y eso resulta muy atrayente para los neófitos pero también, es posible, que resulte poco identificativo con el espectador promedio. Códigos en el vestuario, en la forma de actuar, en las relaciones. Algunos bien mostrados y otros exagerados :P Quizá eso logra que la serie tenga la misma cantidad de admiradores que de detractores. Curioso que lo mismo demuestren con todas sus letras, como traten de evitarlo, el intento de montarse un Hamlet dentro del mundillo motero :)

Me ha sorprendido la actuación de Katey Sagal como la matriarca de esa gran familia motera. Será que sólo la recuerdo como la hortera de Married with children :P Pero ahora, con más de cincuenta años, al fin ha encontrado un papel que hasta le ha dado su primer Emmy y ha revelado una voz estupenda. Gran Ron Pearlman, como todos los papeles que ha interpretado a lo largo de su carrera. Charlie Hunnam, con ese aire que a veces le da al fallecido Heath Ledger, haciendo del "principito" Jax, también es convincente y casi sorprendente. En sí, yo encuentro más aciertos que fallos, que haberlos, haylos, jejeje. También hay una excelente elección de temas musicales tanto en el soundtrack de cada capítulo como en el de cabecera.


. Me he aficionado a Castle, The Mentalist y Bones. Series que no han sido flor de un día y que han marcado su carácter particular. Logran un balance entre el drama y la comedia y se esfuerzan por presentar casos "estudiados". Personajes carismáticos y con vidas fuera de las comisarías de policía. Y hay química entre las tres parejas protagonistas. Me ha sorprendido y mucho, David Boreanaz que luego de su paso por Buffy y su protagonismo en Angel, creí que sería difícil que pudiera dar vida a otro personaje tan radicalmente distinto. También ha sido un acierto el casting de las voces que doblan las tres series. No suenan a "viejas conocidas", como si sólo hubiese un puñado de actores para doblar todas las series de tv y todas las pelis. Es más, quien dobla a Patrick Jane, el mentalista de la serie del mismo nombre, le da un toque particular con su tono de voz. Un no sé qué :)



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20 mayo 2011

Eyes open!



http://www.youtube.com/watch?v=fuLPJg2gwjQ

"Augen auf" - Oomph


Eckstein, eckstein - alles muss versteckt sein

Wieder lieg ich auf der lauer
Denn wir spielen unser spiel
Wieder wart ich an der mauer
Wieder steh ich kurz vorm ziel

Und ich höre deinen atem
Und ich rieche deine angst
Ich kann nicht mehr länger warten
Denn ich weiss was du verlangst

Eckstein, eckstein - alles muss versteckt sein

1,2,3,4,5,6,7,8,9,10
Augen auf - ich komme!
Zeig dich nicht!

Ständig ruf ich deinen namen
Ständig such ich dein gesicht
Wenn ich dich dann endlich habe
Spielen wir wahrheit oder pflicht

Eckstein, eckstein - alles muss versteckt sein

1,2,3,4,5,6,7,8,9,10
Augen auf - ich komme!
Zeig dich nicht!
Versteck dich

Augen auf ich.... komme!
Augen auf - ich komme!
Augen auf - ich komme!
Augen auf - ich komme!
Aufgepaßt - ich komme!
Zeig dich nicht!


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Cornerstone, cornerstone, everything has to be hidden

Again, I couch
For we are playing our game
Again, I wait at the wall
Again, I'm just in front of the goal

And I hear your breath
And I smell your fear
I can't wait anylonger
For I know what you claim

Cornerstone, cornerstone - everything has to be hidden

1,2,3,4,5,6,7,8,9,10
Eyes open - I'm coming!
Don't show yourself!
Hide yourself

All along, I'm calling your name
All along, I'm looking for your face
When I finally get you
We play truth or dare

Cornerstone, cornerstone - everything has to be hidden

1,2,3,4,5,6,7,8,9,10
Eyes open - I'm coming!
Don't show yourself!
Hide yourself

Eyes open, I'm... coming!
Eyes open - I'm coming!
Eyes open - I'm coming!
Eyes open - I'm coming!
Look out - I'm coming!
Don't show yourself!




Del álbum "Wahrheit oder Pflicht" (2004)


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Porque el espíritu malvado no es patrimonio de los adultos ;-)



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15 mayo 2011

Hace 200 años, la Albuera


Hace tiempo que no cuento una de esas historias de navegaciones y batallitas que me gusta recordar de vez en cuando. También llevo años sin mentarle la madre a la pérfida Albión; que, como saben los veteranos de esta página, siempre fue mi enemiga histórica favorita. Si como lector disfruto con los libros que cuentan episodios navales o terrestres, disfruto mucho más cuando quienes palman son ingleses. Como español -cada cual nace donde puede, no donde quiere- estoy harto de que todos los historiadores y novelistas británicos, barriendo para casa, describan a los marinos y soldados de aquí como chusma incompetente y cobarde que olía a ajo. Por eso, cuando tengo ocasión de recordar algún lance donde a los súbditos de Su Graciosa les rompieran los cuernos, disfruto como gorrino en bancal de zanahorias. A otros les gusta el fútbol.

Esta semana, lo de La Albuera me lo pone fácil. El lunes 16 de mayo se cumple el bicentenario exacto de cuando, en plena guerra de la Independencia, 34.000 españoles, ingleses y portugueses se batieron allí durante cinco horas con 23.000 franceses que iban a socorrer Badajoz, rechazándolos. Dos brigadas británicas fueron casi aniquiladas; las tropas españolas, registrando incluso las cartucheras de los muertos, mantuvieron la línea frente a los asaltos franceses, y en el campo quedó muerto o herido uno de cada cinco combatientes. La Albuera fue una de las más sangrientas batallas de la guerra de España. Y por supuesto, desde los historiadores ingleses de la época -Napier, Londonderry, Oman- hasta los de ahora, todos coinciden en atribuir a sus tropas el peso de la batalla, dejando a los españoles, como también ocurrió con la batalla de Chiclana, en un modesto y aseadito segundo término. Esos pobres chicos spaniards, ya saben. Simples colaboradores y tal.

Sin embargo, la realidad fue otra. Cartas y relatos de testigos, ingleses incluidos, permiten hoy establecer lo que realmente ocurrió en La Albuera. Y fue que, correspondiendo el flanco derecho a las tropas españolas, situadas sobre una colina y en un frente de sólo 600 metros de anchura, hacia allí se dirigió el principal ataque francés. Manteniendo sus posiciones bajo un fuego horroroso -los reclutas del 4º batallón de Guardias cayeron en el mismo lugar donde se encontraban, sin romper la formación-, los españoles rechazaron dos ataques gabachos. Al hallarse ya sin munición cuando se iniciaba el tercero, la brigada británica Colborne hizo un paso de línea para situarse delante y soportar el tercer asalto. Pero, en vez de quedarse en la colina, los ingleses, deseosos de demostrar que para chulitos ellos -y realmente siempre combatieron muy bien en la guerra de España-, avanzaron hacia las tropas enemigas sin advertir que había caballería imperial apostada cerca. La brigada inglesa fue destrozada, además de otra que andaba por allí. Asumir un error táctico de ese calibre, dos brigadas de Su Majestad pasadas por la cuchilla de picar carne, era duro de tragar para Wellington. Y cuando leyó el parte donde el general Beresford contaba lo ocurrido, exigió otro donde se omitiera la desastrosa maniobra, así como el hecho de que los españoles resistieron a solas los dos primeros asaltos. Quería algo que sonase más a tenaz y heroica resistencia inglesa. Y esa segunda versión, adecuada al orgullo nacional británico, fue la publicada por la prensa y adoptada oficialmente en los libros de Historia.

Uno de los más minuciosos historiadores militares españoles actuales, José Manuel Guerrero Acosta, se ha tomado en los últimos años el trabajo de desempolvar todos esos partes de guerra, probando cuanto acabo de contar. Con mucha irritación, por cierto, de colegas ingleses como el ilustre Charles Esdaile; que durante un congreso reciente en Varsovia se levantó, airado, para decir que esa revisión de lo ocurrido en La Albuera «ofende la memoria de las tropas británicas que lucharon en España». Curiosa afirmación, por cierto, de un historiador al que no parecen ofenderle la memoria los centenares de mujeres españolas violadas cuando las tropas británicas entraron en Badajoz, Ciudad Rodrigo y San Sebastián, ni sus compatriotas historiadores y novelistas que llevan doscientos años asegurando que, en la guerra peninsular, las tropas de Napoleón fueron derrotadas sólo por Wellington; a veces, eso sí, con la colaboración -a regañadientes, por supuesto- de la miserable chusma española que, en las siempre gloriosas y heroicas batallas inglesas, se limitaba a llevarle el botijo.


Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal
15 de mayo de 2011




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12 mayo 2011

Tonight, I'll die in black and white



http://www.youtube.com/watch?v=FIwAe5Cv67Q

"Hitchcock Starlet" - Horrorpops


the moon, on a blackened sky
here i wait, by the light tower
a pair of lights, comes closer down the road on a thunderful night
he drives to meet me here

tonight, i'll die in black and white
just like a hitchcock star
thrown in his arms tonight
i'll die in hitchock light

the wind plays with my hair
as he touched my cheek
to catch a red tear
his chin feels rough
as he whispers in my ear "tonight you will die, as a hitchcock starlet"

tonight, i'll die in black and white
just like a hitchcock star
thrown in his arms tonight
i'll die in hitchcock light

tonight, i'll die in black and white
just like a hitchcock star
thrown in his arms tonight
i'll die in hitchcock light

i'll die in hitchcock
die in hitchcock star



Del álbum "Kiss Kiss Kill Kill" (2008)




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06 mayo 2011

Deje un poco de la felicidad que trae consigo


Cuando les vi desaparecer en la negrura, sentí un extraño escalofrío y me invadió una sensación de soledad, pero el conductor me echó una capa sobre los hombros y una manta sobre las rodillas, y me dijo en excelente alemán:

-La noche es fría, mein Herr, y mi amo el conde me ha ordenado que cuida de usted. Hay un frasco de slivovitz (licor de ciruela del país) debajo del asiento, por si le apetece.

No lo probé pero era un consuelo saber que estaba allí, de todos modos. Me sentía un poco extraño, y bastante asustado. Creo que de haber tenido cualquier otra opción, la habría aprovechado, en vez de proseguir este viaje nocturno no sabía adónde. el carruaje corría a toda velocidad; luego dio una vuelta completa y se desvió por un estrecho camino. Me pareció que recorríamos una y otra vez los mismos lugares, de modo que tomé referencia de unos cuantos salientes y comprobé que así era. Me habría gustado preguntar al conductor qué significaba todo esto, pero no me atreví, pues pensaba que, de todas maneras, de poco habrían valido mis protestas si él tenía decidido demorarse. Más tarde, no obstante, sentía curiosidad por saber cuánto tiempo había transcurrido: encendí una cerilla y consulté mi reloj al resplandor de la llama; faltaban unos minutos para las doce. Esto me produjo una especie de sobresalto, ya que las últimas experiencias me habían vuelto particularmente sensible respecto a la superstición general acerca de esa hora. Aguardé con una ansiosa sensación de incertidumbre.

En ese momento, en alguna granja lejana empezó a aullar un perro: era un lamento angustioso, prolongado, como de miedo. A éste se le sumo otro perro, luego otro y otro; hasta que arrastrados por el viento que ahora soplaba suavemente por eld esfiladero, se oyó un coro de aullidos que parecían provenir de toda la región, según impresionaban la imaginación en la negrura de la noche. Los caballos se encabritaron al primer aullido. El conductor les habló con suavidad, y se calmaron; pero temblaban y sudaban como después de una carrera desbocada. Luego, a lo lejos, y procedentes de lasmontañas de unoy otro lado, se oyeron unos aullidos más fuertes -los de los lobos- que nos afectaron a los caballos y a mí por igual, pues me dieron ganas de saltar de la calesa y echar a correr, mientras que ellos se encabritaron otra vez y corcovearon furiosamente, de forma que el cochero tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para evitar que se desbocaran. Unos minutos más tarde, sin embargo, mis oídos se habían acostumbrado a los aullidos y los caballos se habían apaciguado, de forma que el cochero pudo descender y acercarse a ellos. Los acarició y tranquilizó, susurrándoles algo al oído como lo hacen los domadores, lo que tuvo un efecto extraordinario, ya que después de sus caricias se volvieron nuevamente manejables, aunque temblaban todavía. El conductor ocupó de nuevo su asiento y, sacudiendo las riendas, emprendió la marcha a gran velocidad. Esta vez, al llegar al otro extremo del desfiladero se metió de repente por un estrecho camino que torcía bruscamente a la derecha.

Poco después nos adentramos por un paraje poblado de árboles, que en algunos lugares formaban arco por encima del camino, dando la impresión de que corríamos por un túnel, y una vez más nos vimos escoltados por grandes y amenazadores peñascos que se alzaban a ambos lados. Aunque el terreno estaba protegido, oí que se estaba levantando viento, pues gemía y silbaba entre las rocas, y las ramas de los árboles entrechocaban a nuestro paso. El frío aumentaba por momentos y empezó a caer una nieve fina, en forma de polvo, de manera que no tardó en cubrirse todo de blanco a nuestro alrededor. El viento penetrante, aunque se iba debilitando amedida que avanzábamos, arrastraba aún los ladridos de los perros. Los aullidos de los lobos se oían cada vez más cerca, como si nos fuesen rodeando por todas partes. Yo estaba terriblemente asustado, y los caballos compartían mi miedo; sin embargo, elcochero no se alteró lo más mínimo. De cuando en cuando volvía la cabeza a izquierda y derecha, aunque yo no conseguía ver nada en la oscuridad.

De pronto, a la izquierda, divisé el parpadeo lejano y vacilante de una llama azulenca. El cochero la vio al mismo tiempo que yo; retuvo inmediatamente a los caballos y, tras saltar a tierra, desapareció en la oscuridad. Yo no sabía qué hacer y menos con los aullidos de los lobos cada vez más próximos, pero mientras dudaba, volvió a aparecer el conductor, ocupó su asiento y, sin decir una palabra, reemprendimos la marcha. Creo que debí de quedarme dormido y soñar ese mismo incidente, y ahora, al pensar en ello, se me antoja una espantosa pesadilla.

Por último, el cochero hizo una nueva parada y se alejó más que las otras veces; durante su ausencia los caballos empezaron a temblar violentamente y a resoplar y relinchar de terror. Yo no conseguía averiguar la causa, pero en ese instante, y entre unas nubes negras, surgió la luna por detrás de la mellada cresta de un monte rocoso y poblado de pinos, y descubrí que estábamos rodeados por un círculo de lobos de blancos colmillos y colgantes lenguas rojas, las patas largas y nervudas y el pelo desgreñado. Eran cien veces más terribles en este tétrico silencio que cuando aullaban. Me sentí paralizado de terror. Sólo cuando el hombre se enfrenta cara a cara con estos terrores es cuando puede comprender su auténtica importancia.

De pronto, los lobos empezaron a aullar otra vez, como s la luna hubiese ejercido algún extraño influjo sobre ellos. Los caballos se encabritaron, mirando a su alrededor de forma lastimera, pero el cerco vivo del terror los rodeaba por todos lados y se vieron obligados a permanecer dentro de él. Grité al cochero que volviese; me pareció que nuestra salvación estaba en romper elc erco y ayudarle a subir. Grité y golpeé el costado de la calesa, confiando en alejar a los lobos pro ese lado y darle ocasión de que llegara hasta la portezuela. No sé cómo lo hizo, pero el caso es que le oí alzar la voz con un tono de autoridad, y al mirar en aquella dirección le vi onmóvil en mitad del camino. Agitó los brazos como barriendo un obstáculo impalpable y los lobos fueron retrocediendo más y más. En ese preciso momento cruzó por delante de la luna una nube densa, y de nuevo se sumió todo en tinieblas.

Cuando conseguí distinguir las cosas otra vez, el conductor estaba subiendo a la calesa y los lobos habían desaparecido. Todo esto era tan extraño y misterioso que me sentí sobrecogido, y no me atreví a hablar ni a moverme. El tiempo me parecía interminable mientras corríamos, ahora casi en completa oscuridad, pues las nubes inquietas habían ocultado la luna. Seguíamos subiendo. aunque de cuando en cuando venía alguna súbita bajada, nuestra marcha era cuesta arriba. De pronto me di cuenta de que el conductor guiaba los caballos hacia el patio de un inmenso castillo en ruinas, en cuyas altas y oscuras ventanas no se veía un solo resplandor y cuyas almenas desmoronadas recortaban sus melladas siluetas contra el cielo iluminado por la luna.


II
Diario de Jonathan Harker
(Continuación)


5 de mayo

Debí de quedarme dormido, ya que si hubiese estado completamente despierto me habría dado cuenta de que nos acercábamos a este extraordinario lugar. En la oscuridad, el patio parecía de grandes dimensiones, pero como de él parten varios accesos bajo sus correspondientes arcos de medio punto, quizá me dio la impresión de que era mayor de lo que en realidad. Aún no lo he podido ver de día.

Al detenerse la calesa, el cochero saltó al suelo y me tendió la mano para ayudarme a bajar. De nuevo tuve ocasión de comprobar su fuerza prodigiosa. Su mano parecía verdaderamente un mecanismo de acero capaz de estrujar la mía, si quería. Luego cogió mi equipaje y lo dejó en el suelo junto a mí, ante una enorme puerta, vieja y tachonada de grandes clavos, bajo un pórtico de piedra saledizo. Pude ver, incluso a la escasa luz, que la piedra estaba tallada de forma imponente, pero que sus adornos esculpidos parecían muy erosionados por la lluvia y el tiempo. El cochero, entretanto, saltó otra vez a su asiento y sacudió las riendas; arrancaron los caballos y el coche desapareció bajo uno de los arcos oscuros.

Me quedé en silencio donde estaba, ya que no sabía qué hacer. No había signo alguno de aldaba o campanilla; no era probable que mi voz lograse traspasar estos muros severos y estas ventanas en tinieblas. Me parecía interminable la espera y me asaltaba un cúmulo de dudas y temores. ¿A qué clase de lugar había venido, y entre qué clase de gente estaba? ¿En qué siniestra aventura me había embarcado? ¿Era un incidente habitual en la vida de un pasante de abogado, que lo enviasen a explicar a un extranjero las gestiones sobre la compra de una finca en Londres? ¡Pasante de abogado! A Mina no le habría gustado. Abogado... Porque justo antes de salir de Londres me enteré de que había aprobado el examen; ¡ahora soy abogado con todas las de la ley! Empecé a frotarme los ojos y a pellizcarme para ver si estaba despierto. Todo esto me parecía una horrible pesadilla, y esperaba despertar de repente y encontrarme en casa, con la claridad del día filtrándose por las ventanas, como me pasaba a veces después de un día de trabajo excesivo. Pero mi carne respondió a la prueba del pellizco, y mis ojos no se equivocaban. Estaba efectivamente despierto, y en los Cárpatos. Todo lo que podía hacer ahora era tener paciencia y esperar a que amaneciera.

Justo cuando llegué a esta conclusión oí al otro lado unos pasos pesados que se acercaban a la puerta, y a través de sus grietas vi el resplandor de una luz que se aproximaba igualmente. Luego sonó un ruido de cadenas y gruesos cerrojos al ser descorridos. Giró una llave con el chirriante sonido que produce un prolongado desuso, y se abrió la puerta.

Dentro había un hombre alto y viejo, de cara afeitada, aunque con un gran bigote blanco, y vestido de negro de pies a cabeza,sin una sola nota de color en todo él. En la mano sostenía una antigua lámpara de plata, en la que ardía una llama, sin tubo ni globo que la protegiera, la cual arrojaba largas y temblorosas sombras al vacilar en la corriente de la puerta abierta. El anciano hizo un gesto de cortesía con la mano derecha y dijo en un inglés excelente, aunque con un extraño acento:

-¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad!

No hizo el menor ademán de salir a recibirme, sino que permaneció donde estaba como una estatua, como si su gesto de bienvenida le hubiese petrificado. Sin embargo, en el instante en que crucé el umbral avanzó impulsivamente hacia mí y, tendiendo la mano, me cogió la mía con tal fuerza que no pude reprimir una mueca de dolor, un gesto que no atenúo el hecho de que la tuviese fría como el hielo...; tanto, que me pareció más la mano de un muerto que de un vivo. Repitió:

-Bienvenido a mi casa. Entre libremente. Pase sin temor. ¡Y deje en ella un poco de la felicidad que trae consigo!

La fuerza con que me había estrechado la mano eran tan parecidaa la del cochero, cuya cara no había visto, que por un instante pensé si no estaría hablando con la misma persona; de modo que, para cerciorarme, dije inquisitivamente:

-¿El Conde Drácula?

Hizo un gesto de asentimiento y contestó:

-Yo soy Drácula. Le doy la bienvenida, señor Harker, a mi casa. Pase, el aire de la noche es frío, y seguramente necesita comer y descansar.




Drácula
Bram Stoker
Traducción de Francisco Torres Oliver
Alianza Editorial, 1981





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04 mayo 2011

Porque los muertos viajan veloces





4 de mayo


Me enteré de que el propietario del hotel había recibido una carta del conde con instrucciones de que me reservase la mejor plaza de la diligencia; pero al preguntarle ciertos detalles, se mostró algo reticente y fingió no entender mi alemán. No podía ser cierto, ya que hasta ese momento me había comprendido a la perfección; al menos, había contestado a mis preguntas como si me entendiera bien. Él y su esposa. la señora mayor que me había recibido, se miraron como asustados. Él murmuró que había recibido el dinero junto con una carta, y que eso era cuanto sabía. Al preguntarle si conocía al conde Drácula y si podía contarme algo sobre su castillo, se santiguaron los dos, y tras decirme que no sabían nada en absoluto, se negaron a seguir hablando. Faltaba tan poco para emprender la marcha, que no tenía tiempo de preguntar a nadie más; pero todo era muy misterioso y muy poco tranqulizador.

Poco antes de irme, la señora mayor subió a mi habitación y exclamó, casi al borde de la histeria:

-¿Tiene que ir? Oh, joven Herr, ¿tiene que ir?

Estaba tan excitada que parecía haber perdido el dominio del alemán que sabía y se le embarullaban con otra lengua que yo desconocía por completo. Sólo fui capaz de seguir su discurso a base de hacerle muchas preguntas. Cuando dije que me marchaba enseguida, y que iba por un asunto importante, me preguntó:

- ¿Sabe qué día es hoy?

Le contesté que era cuatro de mayo. Ella negó con la cabeza, y exclamó:

- ¡Oh, sí! ¡Lo sé, lo sé!; pero ¿sabe qué día es? -Y al contestar yo que no comprendía, prosiguió-: Es la víspera de San Jorge. ¿Sabe que esta noche, cuando el reloj dé las doce, todos los seres malignos andarán libres por el mundo? ¿Sabe adónde va usted y a qué va?

Manifestaba una angustia tan evidente que traté de tranquilizarla, aunque sin resultado. Por último, cayó de rodillas y me imploró que no fuese, que esperase al menos un día o dos, antes de ir. Era una escena ridícula, pero me hacía sentir incómodo. Sin embargo, tenía un asunto que resolver y no podía consentir que nada lo obstaculizase. Así que traté de levantarla, y le dije, lo más gravemente que pude, que se lo agradecía, pero que mi deber no admitía demora, y no tenía más remedio que ir. Entonces se levantó y se secó los ojos, y quitándose del cuello un crucifijo, me lo ofreció. Yo no sabía qué hacer, pues como miembro de la Iglesia anglicana, me han enseñado a considerar idolátricas estas cosas, y al mismo tiempo me parecía una falta de cortesía hacerle un desaire a una señora mayor tan bien intencionada y en semejante estado de ánimo. Supongo que vio la duda reflejada en mi rostro, pues me ciñó el rosario alrededor del cuello y dijo:

- Por su madre.

Y salió de la habitación. Esta parte del diario la estoy escribiendo mientras espero la diligencia, que naturalmente ya tiene retraso, y aún llevo el crucifijo alredor del cuello. No sé si serán los temores de esa señora, pero ya no tengo el ánimo tan sereno como antes. Si este libro llegara a Mina antes que yo, que le lleve mi último adiós. ¡Ahí viene la diligencia!




5 de mayo. El castillo


El gris de la madrugada se ha disipado, y el sol se encuentra muy alto respecto al lejano horizonte, que parece mellado, no sé si a causa de los árboles o por los cerros; están tan lejos que las cosas grandes se confunden con las pequeñas. Estoy desvelado, así que, como voy a poder dormir hasta la hora que quiera, me entretendré escribiendo hasta que me entre sueño. Tengo muchas cosas extrañas que anotar; y para que el que las lea no piense que cené demasiado antes de salir de Bistritz, consignaré aquí cuál fue exactamente el menú. Tomé lo que aquí llaman "filete bandido": trozos de tocino, cebolla y carne de vaca, sazonado todo con pimienta, y ensartado en unos bastones y asado al fuego, ¡al estilo sencillo de la carne de caballo que se vende por las calles de Londres! El vino era un mediasch dorado, y produce un raro picor en la lengua que, no obstante, no resulta desagradable. Únicamente tomé un par de vasos; nada más.

Cuando subí a la diligencia, el cochero aún no hbía ocupado su asiento; le vi charlando con la señora de la posada. Evidentemente, hablaba de mí, porque de cuando en cuando miraba en dirección mía, y algunas personas, que estaban sentadas en un banco junto a la puerta -que ellos llaman con un nombre que significa "el mentidero"- se habían acercado a escuchar y se volvían para mirarme, casi todos con cierta expresión de lástima. Oí que repetían con frecuencia determinadas palabras; palabras extrañas, ya que había gentes de las más diversas nacionalidades entre los reunidos; así que saqué discretamente de mi bolsa el diccionario multilingüe y las busqué. Confieso que no me llenaron de animación, ya que entre otras encontré Ordog, Satanás; pokol, infierno; stregoica, bruja; vrolok y vlkoslak, que significan igualmente (una en eslavo y otra en serbio) algo así como hombre lobo o vampiro (Mem., preguntar al conde acerca de estas supersticiones).

Cuando emprendimos la marcha, la multitud congregada en la puerta de la posada, que a la sazón había aumentado considerablemente, hizo la señla de la cruz y apuntó con dos dedos hacia mí. Con cierta dificultad, conseguí pedirle a otro pasajero que me explicase qué significaba aquello; al principio no quiso contestarme, pero al saber que yo era inglés, me dijo que era un conjuro o protección contra el mal de ojo. Esto no me pareció muy agradable con respecto a mí, que partía hacia una región desconocida al encuentro de un hombre al que nunca había visto; pero todos se mostraron tan ebnévolos y tan afligidos, y amnifestaron tanta compasión, que no pude por menos sentirme conmovido. Nunca olvidaré la última imagen de la posada, con aquella multitud de personas de atuendo pintoresco, todas santiguándose, bajo el arco, recortadas sobre un fondo de abundantes adelfas y naranjos plantados en cubas verdes agrupadas en el centro del patio. Luego, nuestro cochero, cuyos amplios calzones de lino -que aquí llaman gotza- cubrían casi por entero al pescante, hizo estallar su enorme látigo por encima de los cuatro caballos, partieron éstos a un tiempo y emprendimos la marcha.

No tardaron en quedar atrás los temores espectrales, olvidados ante la belleza del escenario por el que viajábamos; aunque, de haber conocido yo la lengua -o más bien las lenguas- que hablaban mis compañeros, quizás no se me habrían disipado con tanta facilidad. Ante nosotros se extendía una tierra ondulada, poblada de bosques y sembrada de empinados cerros coronados por grupos de árboles o caseríos, con los blancos nastiales pegados a la carretera. En todas partes se veían cantidades sorprendentes de frutales en flor: manzanos, ciruelos, perales y cerezos; al acercanos, podíamos observar que la hierba que crecía debajo estaba salpicada de pétalos caídos. Por entre estas verdes colinas de lo que aquí llaman la Mittel Land discurría la carretera, perdiéndose al describir una curva, o al ocultarla el lindero impreciso de algún bosque de pinos, que de cuando en cuando descendía por las pendientes como una lengua de fuego. La calzada era desigual, peroparecía que volábamos por ella a febril velocidad. Yo no entendía el porqué de tanta prisa, pero el cochero estaba decidido evidentemente a no perder el tiempo en llegar al Borgo Pound. Me dijeron que esta carretera era excelente en primavera, pero que aún no la habían arreglado después de las nieves del invierno. En esete sentido, es distinta a las carreteras de los Cárpatos en general, pues existe una vieja tradición según la cual no hay que conservarlas en demasiado buen estado. Desde tiempo inmemorial, los hospodars (término eslavo que significa "amo" o "señor") no quieren arreglarlas por temor a que los turcos crean que las preparan para desplazar tropas extranjeras y se apresuren a provocar la guerra que, en realidad, siempre está a punto de estallar.

Mientras corríamos por la interminable carretera, el sol descendía cada vez más a nuestra espalda y las sombras de la tarde empezaban a crecer a nuestro alrededor. Este efecto se acentuaba más mientras el sol poniente seguía iluminando las nevadas cumbres que parecían emitir un delicado y frío resplandor sonrosado. De cuando en cuando nos cruzábamos con algunos checos y eslovacos, todos vestidos con trajes típicos. Junto a la carretera había numerosas cruces, y cuando pasábamos veloces junto a ellas, mis compañeros de viaje se santiguaban. a veces veíamos a alguna campesina o campesino arrodillado ante una capilla y ni siquiera se volvía la pasar nostros, sino que parecía entregado a una devoción que carecía de ojos y oídos para el mundo exterior. Al caer la tarde empezó a hacer frío y el ocaso pareció sumir en oscura bruma la lobreguez de los árboles -robles, hayas y pinos-, aunque en los valles corrían profundos entre los espolones de los montes, cuando subíamos hacia el desfiladero, los negros abetos se alzaban sobre un fondo de nieve recién caída. A veces, cuando la carretera atravesaba los bosques de pinos que en la oscuridad parecían cerrarse sobre nosotros, las grandes masas grisáceas, que aquí y allá desparramaban los árboles, producían un efecto singularmente espectral y solemne que favorecía los lúgubres pensamientos y figuraciones que sugerían el atardecer, cuando el sol poniente proyectaba sobre el extraño relieve las nubes fantasmales que se deslizaban sin cesar entre los valles de los Cárpatos. A veces los montes son tan escarpados que, a pesar de la prisa del cochero, los caballos se veían obligados a ir al paso. Quise bajarme y caminar junto a ellos, como hacemos en mi país, pero el cochero no lo consintió.

- No, no -dijo-, no se puede ir andando por aquí; los perros son demasiado feroces -y añadió, con lo que evidentemente quería ser una broma siniestra, pues se volvió para ganarse la sonrisa aprobadora de los demás- ya tendrá usted bastante antes de acostarse esta noche.

La única vez que se detuvo, fue para encender los faroles.

Cuando oscureció, los pasajeros se pusieron nerviosos y, uno tras otro, empezaron a decirle cosas al cochero, como instándolo a que fuese más aprisa. Él hostigaba despiadadamente a los caballos con su gran látigo, y los animaba a correr más con gritos furiosos de aliento. Entonces, en medio de la oscuridad, distinguí una especie de claridad grisácea delante de nosotros, como si se tratase de una grieta entre los montes. El nerviosismo de los viajeros aumentó; la loca diligencia se cimbreaba sobre las grandes ballestas de cuero y se escoraba como un barco sacudido por un mar tempestuoso. Tuve que agarrarme. La carretera se hizo más llana y pareció que volábamos. Luego, las montañas se fuerona cercando a uno y a otro lado, ciñiéndose amenazadoras a nosotros: estábamos entrando en el desfiladero de Borgo. Varios pasajeros me ofrecieron regalos, insistiendo en que los aceptase con una veheencia que no admitía negativas; eran de lo más variado y extraños, aunque cada uno me lo daba con sencilla buena fe, con una palabra amable y una bendición, y esa extraña mezcla de gestos temerosos que ya había observado delante del hotel de Bistritz: la señal de la cruz y la protección contra el mal de ojo. Después, mientras corríamos, el cochero se inclinó hacia delante y los pasajeros, asomándose a uno y a otro lado dle coche, escrutaron ansiosamente la oscuridad. Era evidente que esperaban o temían que sucediera algo muy emocionante, pero aunque pregunté a cada uno de los pasajeros, ninguno quiso darme la más ligera explicación. en ese estado de nerviosismo se prolongó durante un rato; por fin, vimos abrirse el desfiladero hacia oriente. El cielo estaba poblado de nubes oscuras e inquietas, y en el aire flotaba una sensación densa y opresiva de tormenta. Parecía como si la cordillera hubiese dividido la atmósfera en dos y entráramos ahora en la parte tormentosa. Yo mismo me asomé, tratando de divisar el vehículo que debía llevarme hasta el conde. Esperaba, pero todo estaba oscuro. La única luz que percibíamos eran los rayos parpadeantes de nuestros faroles, que hacían visible el vapor que despedían nuestros extenuados caballos, en forma de nube blanca. Ahora podíamos distinguir la calzada arenosa delante de nosotros, pero no había signo alguno del otro vehículo. Los pasajeros se arrellanaron con un suspiro de alivio que pareció una burla a mi desencanto. Me habían puesto a pensar sobre qué debía hacer ahora, cuando el cochero, consultando su reloj, dijo a los demás algo que oí a duras penas, ya que lo dijo en voz baja; creo que fue: "Una hora de adelanto". Luego, volviéndose hacia mí, añadió en un alemán peor que el mío:

- No hay ningún carruaje. No le esperan, Herr. Así que tendrá que venirse a Bucovina y volve rmañana o pasado, mejor pasado.

Mientras hablaba, los caballos empezaron a relinchar y a corcovear locamente de modo que el cochero tuvo que sujetarlos. A continuación, mientras los campesinos prorrumpían en exclamaciones a coro y se santiguaban, nos alcanzó una calesa con cuatro caballos y se situó junto a la diligencia. Al resplandor de nuestros faroles observé que los caballos eran unos animales espléndidos, negros como el carbón. Los guiaba un hombre alto, con una larga barba color castaño y un gran sombrero negro que le ocultaba la cara. Sólo pude ver el destello de un par de ojos muy brillantes y rojos en el momento de volverse hacia nosotros. Le dijo al cochero:

-Pasa antes de la hora esta noche, amigo.

El hombre tartamudeó:

-El Herr inglés tiene prisa.

A lo que el desconocido contestó:

-Por eso, supongo, se lo llevaba usted a Bucovina. No puede engañarme, amigo; sé demasiado y mis caballos son muy rápidos.

Sonrió al hablar, y nuestros faroles iluminaron una boca dura, de labios muy rojos y dientes afilados y blancos como el marfil. Uno de mis compañeros susurró a otro el verso de Lenore, de Bürguer:


Denn die Toten reiten schnell
(Porque los muertos viajan veloces)


El desconocido conductor oyó evidentemente el comentario, porque alzó los ojos con resplandeciente sonrisa. El pasajero desvió la mirada, al tiempo que se santiguaba con dos dedos.

-Deme el equipaje del Herr -dijo el de la calesa.

Le tendieron mis bolsas de viaje con asombrosa prontitud y él las acomodó en su carruaje. Luego descendí de la diligencia; la calesa se había situado muy cerca de la portezuela y el desconocido me ayudó, cogiéndome el brazo con mano de acero; debía se tener una fuerza prodigiosa. Sin decir una palabra, sacudió las riendas, los caballos dieron la vuelta y nos sumergimos en la oscuridad del desfiladero. Al mirar atrás vi el vapor de los caballos de la diligencia a la luz de los faroles y, recortadas sobre él, las figuras de mis anteriores compañeros santiguándose. Seguidamente el cochero hizo restallar su látigo sobre los caballos y reaunudaron su veloz viaje hacia Bucovina.



(Continuará)




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El inicio según Jonathan Harker





Diario de Jonathan Harker
(Redactado taquigráficamente)


3 de mayo, Bistritz


Salí de Munich el 1 de mayo a las 20.35 de la tarde, y llegué a Viena a la mañana siguiente; debía haber llegado a las 6.46, pero el tren llevaba una hora de retraso. Budapest parece una ciudad maravillosa, por lo que observé desde el tren y lo poco que pude andar por sus calles. no me atreví a alejarme de la estación, ya que habíamos llegado con retraso y saldríamos lo más de acuerdo posible con la hora prevista. La impresión que me dio era de que salíamos de Occidente y nos adentrábamos en Oriente, el más occidental de los espléndidos puentes del Danubio -que aquí adquiere una noble anchura y profundidad- nos trasladó a las tradiciones de predominio turco.

Salimos a buena hora, y llegamos a Klausenburgh ya anochecido. Aquí, paré a pernoctar en el Hôtel Royale. Cené pollo sazonado con pimentón picante, muy bueno, aunque daba mucha sed (Mem., conseguir receta para Mina). Le pregunté al camarero, y dijo que se llama paprika hendl, y que es plato nacional, de modo que podría tomarlo en todas partes, a lo largo de los Cárpatos. Aquí me han resultado muy útiles mis rudimentos de alemán; desde luego, no sé cómo habría podido entenderme sin ellos.

En Londres, aproveché unas horas que tenía libres para ir al Museo Británico a consultar libros y mapas de la bibliotecareferentes a Transylvania; pensé que sería de ayuda tener de antemano alguna idea del país, antes de entrevistarme con un noble de ese lugar. Averigüé que la región a la que hacía referencia está en el extremo del territorio, exactamente en los límites de tres estados: Transylvania, Moldavia y Bucovina, en plena cordillera de los Cárpatos, y que es una de las regiones más remotas y menos conocidas de Europa. No conseguí descubrir en ningún libro ni mapa el lugar exacto del castillo de Drácula, ya que no existen mapas de este país comparables a nuestros Ordnance Survey maps; pero averigüé que Bistritz, la ciudad donde el conde Drácula decía que debía apearme, era bastante conocida. Consignaré aquí algunas cosas que me ayuden a recordar cuando hable con Mina del viaje.

La población de Transylvania está formada por cuatro nacionalidades distintas: los sajones al sur, y mezclados con ellos, los valacos, que son descendientes de los dacios; los magiares al oeste, y los székely al este y al norte. Me encuentro entre estos últimos, que pretenden ser descendientes de Atila y de los hunos. Puede ser, porque cuando los magiares conquistaron el país, en el siglo XI, encontraron a los hunos asentados en él. He leído que en la herradura de los Cárpatos se reúnen todas las supersticiones del mundo, como si fuese el centro de una especie de remolino de la imaginación; si es así mi estancia me va a resultar interesante (Mem., preguntar al conde sobre esto).

No dormí bien, aunque la cama era bastante confortable; tuve toda clase de sueños extraños. Un perro estuvo aullando toda la noche al pie de mi ventana; tal vez fue por eso; o quizá fue culpa de la páprika, porque me bebí toda el agua de la jarra, y aún me quedé con sed. Me dormí cuando ya amanecía, y me despertaron las repetidas llamadas a mi puerta, por lo que supongo que debí quedarme profundamente dormido. De desayuno tomé más páprika, y una especie de gachas hechas con harina de maíz que aquí llaman mamaliga, y berenjenas rellenas, plato muy exquisito que llaman impletata (Mem., pedir receta también). Tuve que desayunar deprisa porque el tren salía un poco antes de las ocho; o más bien debía salir a esa hora, ya que después de llegar corriendo a la estación a las 7.30 estuve sentado en el vagón más de una hora, hasta que arrancó. Me da la sensación de que cuanto más al este vamos, menos puntuales con los trenes. ¿Cómo serán en China?

Empleamos el día entero en recorrer una comarca llena de bellezas naturales de todo género. Unas veces divisábamos pequeños pueblecitos y castillos en lo alto de montes enhiestos, como los que se ven en los viejos murales; otras, corríamos junto a ríos y arroyos que, a juzgar por sus anchas y pedregosas márgenes a uno y otro lado, parecen sufrir grandes crecidas. Hace falta mucha agua, y que corra con fuerza, para que el agua arrase sus orillas. En todas las estaciones había grupos de grente, a veces multitudes, con toda clase de atavíos. Algunos hombres iban exactamente igualq ue los campesinos de mi país, o como los que he visto al cruzar Francia y Alemania, con sus chaquetas cortas, sus sombreros redondos y sus pantalones de confección casera; otros, en cambio, eran muy pintorescos. Las mujeres parecen bonitas, si no se las ve de cerca, pero tienen el talle muy ancho. Llevan largas y blancas mangas de diversas clases, y la mayoría se ciñen unos cinturones anchos con gran cantidad de cintas que se agitan a su alrededor como un vestido de ballet; aunque, naturalmente, llevan sayas debajo. Los personajes más extraños que vimos eran los eslovacos, más bárbaros que el resto, con grandes sombreros vaqueros, pantalones amplios y de color claro, blancas camisas de lino y unos cinturones de cuero enormes, de casi un pie de ancho, tachonados con clavos de latón. Calzaban botas altas, embutín los pantalones en ellas, y tenían el pelo largo y unos bigotes espesos y negros. Son muy pintorescos, pero no resultan atractivos. En el teatro se les reconocería inmediatamente en el papel de otra banda de forajidos orientales. Sin embargo, según me han dicho, son inofensivos, y les falta presunción natural.

Cuando ya anochecía, llegamos a Bistritz, que es una ciudad vieja y muy interesante. Dado que está prácticamente en la frontera -pues el desfiladero de Borgo conduce de allí a Bukovina-, ha tenido una existencia azarosa, y desde luego muestra señales de ello. Hace cincuenta años, hubo una serie de incendios que causaron terribles catástrofes en cinco ocasiones distintas. Nada más iniciarse el siglo XVI, sufrió un asedio de tres semanas, en el que perdieron la vida trece mil personas por causa de la guerra, así como hambre y las enfermedades consiguientes.

El conde Drácula me había indicado que me alojase en el hotel Golden Krone, que resultó ser muy anticuado, para gran alegría mía, porque, como es natural, quero ver cuanto ueda sobre las costumbres del país. Evidentemente me esperaban, ya que al llegar a la puerta me recibió una señora mayor, de expresión alegre, vestida con el ahbitual atuendo de campesina -saya blanca y delantal doble, por delante y por detrás, de paño de colores, demasiado ajustado para el recato-. Una vez a su lado, me saludó con una inclinación de cabeza, y dijo:

- ¿El Herr inglés?

- Sí -dije-; soy Jonathan Harker.

Sonrió, y dio instrucciones a un hombre de edad, en mangas de camisa, que la había seguido hasta la puerta. Dicho hombre desapareció, y regresó inmediatamente con una carta:


Distinguido amigo:

Bienvenido a los Cárpatos. Le espero con impaciencia. Descanse esta noche. Mañana a las tres saldrá la diligencia para Bucovina; he reservado una plaza en ella para usted. Mi coche le estará esperando en el desfiladero de Borgo para traerle hasta aquí. Confío en que haya tenido un feliz viaje desde Londres, y que disfrute durante su estancia en mi hermoso país.

Su amigo.

DRÁCULA




Drácula
Bram Stoker
Traducción de Francisco Torres Oliver
Alianza Editorial
1981







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03 mayo 2011

Réquiem por la máquina de escribir


La noticia me ha producido un profundo pesar, como el que causa la muerte de un viejo amigo con el que se había perdido contacto hace mucho tiempo y que había caído en el olvido. Ha cerrado la última empresa que fabricaba máquinas de escribir y se apaga definitivamente ese sonido metálico y mecanicista que a medida que se aproximaba la hora de cierre atronaba en las redacciones de los periódicos.

Ha tenido que cerrar para enterarme de que la única que resistía era la india Godrej & Boyce, que comenzó a fabricarlas en los años 50 y que finalmente ha sucumbido a la falta de pedidos. Su gerente general, Milind Dukle, dice al Daily Mail que hasta 2009 se siguieron fabricando entre 10.000 y 12.000 máquinas cada año que compraban, por lo visto, agencias de defensa, cortes y oficinas de gobierno. He leído la noticia en el Ipad y, unas horas más tarde, he sonreído después de leer en la tableta táctil un blog de CNN con el desmentido de una compañía de New Jersey, que afirma seguir fabricando máquinas de escribir en factorías de China, Japón e Indonesia, pero ¿a quién quieren consolar? Están hablando de máquinas electrónicas y con bancos de memoria que apenas guardan cierto parecido con mi entrañable Olivetti.

Es mejor hacerse a la idea. La máquina de escribir ha muerto hace ya tiempo y ni siquiera habíamos celebrado un funeral, eufóricos con nuestros nuevos compañeros electrónicos, que no solamente fijan en negro sobre blanco nuestras ideas, sino que además las interrelacionan y envían a la velocidad de la luz a formar parte de una red infinita, un nuevo universo bajo el que la vieja máquina de describir quedó sepultada muchas páginas atrás.

Personalmente, no recuerdo el último día que la usé, aunque sí guardo viejísimas anécdotas que he compartido hoy con varios colegas. Paloma Gómez Borrero, con la misma tenacidad que la fábrica de Bombay, ha seguido utilizándola hasta que la detuvieron bajo sospecha de terrorismo en varios aeropuertos internacionales por los que seguía al Papa. Para algunos siguen siendo un objeto fashion, como James Bobin, de la revista Rolling Stone, que está buscando una. Rafaela recomienda encarecidamente reciclar esa vetusta pieza de museo que abandonamos en casa de nuestros padres y un amigo en Facebook me recomienda hacerme follower de este blog que demuestra que hay vida más allá de la puerta de entrada de una tienda de máquinas de escribir. ¿Nostalgia? ¡Ni hablar! Me comprometo a no vender en E-Bay las piezas de coleccionista que quedan en mi familia, aunque suban los precios tras la defunción, pero eso es todo.


Rosalía Sánchez
Blog Crónicas desde Europa
El Mundo
26 de abril de 2011


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Yo no sé mecanografía pero tengo cierta velocidad para teclear gracias a que desde niña toqueteaba la máquina de escribir de uno de mis tíos :) Creo que era una Smith-Corona de color gris casi metálico. Una compra de segunda mano que ahora no sé dónde haya ido a parar... una pena :P Poco tiempo después, otro tío me regaló mi querida Olivetti Lettera 32 :) Compañera fiel y trabajadora como pocas. Inclusive, en 2002 aún la usaba y fue motivo de burla del director de la última revista donde trabajé ¬¬ Debía entregar un artículo y sin tener pc propia y sin tiempo para ir a un cybercafé, eché mano de mi máquina portátil. El director de la mentada revista me preguntó que por qué aún vivía en la era de las cavernas :/

Ojo, también tuve una eléctrica pero al cabo del tiempo, me dio muchos problemas con el rodillo luego de que se quedó enganchada una etiqueta que rotulaba. La llevé con un técnico, me la devolvieron en buenas condiciones, pero poco después comenzó a fallar y ya no era tan sencillo ni tan barato encontrar los carretes de la cinta que usaba. Desde hace años que es un "motivo decorativo" más del escritorio de mi casa en México :P




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02 mayo 2011

Cediendo el paso. O no



Una de las cosas que estamos logrando entre todos es el desconcierto absoluto en materia de corrección política. El bombardeo de estupidez mezclada con causas nobles y la contaminación de éstas, los cómplices que se apuntan por el qué dirán, la gente de buena voluntad desorientada por los golfos -y golfas, seamos paritarios- que lo convierten todo en negocio subvencionado, la falta de formación que permita sobrevivir al maremoto de imbéciles que nos inunda, arrasa y asfixia, ha conseguido que la peña vague por ahí sin saber ya a qué atenerse. Sin osar dar un paso con naturalidad, expresar una opinión, incluso hacer determinados gestos o movimientos, por miedo a que consecuencias inesperadas, críticas furiosas, sanciones sociales, incluso multas y expedientes administrativos, se vuelvan de pronto contra uno y lo hagan filetes.

Voy a poner dos ejemplos calentitos. Uno es el del amigo que hace una semana, al ceder el paso a una mujer -aquí sería inexacto decir a una señora- en la entrada a un edificio, encontró, para su sorpresa, que la individua no sólo se detuvo en seco, negándose a pasar primero, sino que además, airada, le escupió al rostro la palabra «machista». Así que imaginen la estupefacción de mi amigo, su cara de pardillo manteniendo la puerta abierta, sin saber qué hacer. Preguntándose si, en caso de tratarse de un hombre, a los que también cede el paso por simple reflejo de buena educación, lo llamarían «feminista». Con el agravante de que, ante la posibilidad de que el supuesto varón fuese homosexual -en tal caso, quizá debería pasar delante-, o la señora fuese lesbiana -quizá debería sostenerle ella la puerta a él-, habría debido adivinarlo, intuirlo o suponerlo antes de establecer si lo correcto era pasar primero o no. O de saber si en todo caso, con apresurarse para ir primero y cerrar la puerta en las narices del otro, fuera quien fuese, quedaría resuelto el dilema, trilema o tetralema, de modo satisfactorio para todos.

Pero mi drama no acaba ahí, comentaba mi amigo. Porque desde ese día, añadió, no paro de darle vueltas. ¿Qué pasa si me encuentro en una puerta con un indio maya, un moro de la morería o un africano subsahariano de piel oscura, antes llamado sintéticamente negro? ¿Le cedo el paso o no se lo cedo? Si paso delante, ¿me llamará racista? Si le sostengo la puerta para que pase, ¿no parecerá un gesto paternalista y neocolonial? ¿Contravengo con ello la ley de Igualdad de Trato o Truco? ¿Y si es mujer, feminista y, además, afrosaharianasubnegra? ¿Cómo me organizo? ¿Debo procurar que pasemos los dos a la vez, aunque la puerta sea estrecha y no quepamos?... Pero aún puede ser peor. ¿Y si se trata de un disminuido o disminuida físico o física? ¿Cederle el paso o la pasa no será, a ojos suyos o de terceros, evidenciar de modo humillante una presunta desigualdad, vulnerando así la exquisita igualdad a que me obliga la dura lex sed lex, duralex? ¿Debo echar una carrerilla y pasar con tiempo suficiente para que la puerta se haya cerrado de nuevo cuando llegue el otro, y maricón, perdón, elegetebé el último?... Por otra parte, si de pronto me pongo a correr, ¿se interpretará como una provocación paralímpica fascista? ¿Debo hacer como que no veo la silla de ruedas?... O sea, ¿hay alguien capaz de atarme esas moscas por el rabo?

Y bueno. Si a tales insomnios nos enfrentamos los adultos, que supuestamente disponemos de referencias y de sentido común para buscarnos la vida, calculen lo que está pasando con los niños, sometidos por una parte al estúpido lavado de cerebro de los adultos y enfrentados a éste con la implacable y honrada lógica, todavía no contaminada de gilipollez, de sus pocos años. El penúltimo caso me lo refirió una maestra. Un niño de cuatro años había hecho una travesura en clase, molestando a sus compañeros; y al verse reprendido ante los demás, un poco mosca, preguntó quién lo había delatado. «Fulanita, por ejemplo -dijo la maestra señalando a una niña rubia y de ojos azules-, dice que eres muy travieso y no la dejas trabajar tranquila.» Entonces la criatura -cuatro años, insisto- se volvió despacio a mirar a la niña y dijo en voz baja, pero audible: «Pues le voy a partir la boca, por chivata». Escandalizada, la maestra le afeó la intención al niño, diciendo entre otras cosas que a las niñas no hay que pegarles nunca, etcétera. Que eso es lo peor del mundo, lo más vil, cobarde y malvado. Y entonces el enano cabrón, tras meditarlo un momento, muy sereno y muy lógico, respondió: «¿Por qué? ¿Es que no son iguales que los niños?».


Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal
1 de mayo de 2011





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