02 noviembre 2006

Día de muertos I

Para festejar a la muerte, los mexicanos nos pintamos solos. Tal vez está muy trillado aquello de que la muerte nos pela los dientes, pero es cierto. En la memoria colectiva de nuestro país los ejemplos de una convivencia jocosa con la Pelona son tan variados y ricos, que los extranjeros nos miran como especie de simpáticos lunáticos, jejeje."Sobre el muerto las coronas", "Cayendo el muerto y soltando el llanto", "Caíte cadáver", "Se espantan del muerto y abrazan la mortaja", "Triste tu calavera", refranes y dichos populares que todos hemos escuchado o que repetimos con frecuencia. Es tal la muestra de convivencia diaria y cuasi desenfrenada con la calaca tilica y flaca que en el D.F. hasta tenemos calles con nombres mortuorios: Calzada del Hueso o Barranca del Muerto, por ejemplo.

En México, las ceremonias rituales dedicadas a los muertos se practican desde el 1800 antes de nuestra era. Dentro de las ceremonias de las culturas del centro del país, se encontraban las fiestas para la celebración de los muertos. La muerte fue para muchos pueblos de Mesoamérica de gran importancia dentro del sistema de creencias. El simple acto de morir fue motivo de creación artística. El ritual de los primeros tiempos ha sido olvidado, pero quedaron los objetos materiales resistentes, las ofrendas que acompañaban a los muertos con fines utilitarios: vasos, ollas, vertederas, cazuelas. Con estilo propio estas culturas dedicaron talentos artísticos para cubrir necesidades ideales prosteras: el ajuar que los muertos requerían para su estancia en el sitio del universo que les correspondía iba de acuerdo a las jerarquías, ocupaciones, formas de morir, etc., y produjo gran variedad de objetos.

La noción azteca del más allá contempla 3 paraísos: en primer lugar estaba el Paraíso Oriental del Sol, al que iban los guerreros muertos en batalla y los sacrificados en los altares del templo. En el crepúsculo de la tarde, sus almas se congregaban para acompañar jubilosamente al sol en su batalla nocturna para resurgir a la mañana siguiente. Después de 4 años, podían regresar a la tierra como pájaros cantores o mariposas. Al Paraíso Occidental del Sol iban las mujeres muertas al dar a luz. Cuando el sol cruzaba su cenit, ellas ocupaban el lugar de los guerreros y lo escoltaban hasta el horizonte occidental. También podían regresar a la tierra como mariposas nocturnas o podían adquirir el siniestro hábito de acechar en las encrucijadas, las noches de luna llena y devorar niños (entonces se convertían en terribles "citaviteos", brujas-vampiro).

En las honras fúnebres y entierros de estas mujeres había aspectos muy peculiares: después de múltiples abluciones al cadáver de la mocihuaquetzqui (mujer valiente), se vestía con sus mejores galas y, llegada la hora del entierro, que se hacía a la puesta del sol, el marido la llevaba a cuestas hasta el patio del templo dedicado a las cihuateteo, donde habría de ser sepultada. El cortejo fúnebre lo formaban parientes y amigos de la muerte, armados todos "con rodelas y espadas y dando voces como cuando vocean los soldados al tiempo de acometer a los enemigos". Tales actitudes, además de rituales, tenían una función práctica, pues debían defenderse de los guerreros jóvenes, que irrumpían contra el cortejo fúnebre con el propósito de apoderarse del cadáver y cortarle el dedo central de la mano izquierda y los cabellos, prendas a las que atribuían poder mágico para adquirir valor en la lucha e infundirles miedo a los enemigos.

El Tercer Paraíso o Cielo Meridional era para las almas acogidas por Tláloc, el dios de la lluvia. Iban ahí los que habían muerto ahogados, fulminados por el rayo, suicidándose o por enfermedades asociadas con el agua: lepra, hidropesía, gota o reumatismo. Era un jardín verde y exhuberante, pleno de flores donde la gente cantaba, jugaba y cazaba mariposas. Se consideraba que los que ingresaban a Tlalocan, habían sido distinguidos por los dioses del agua y de la lluvia, de entre la mayoría de sus congéneres. Los niños al morir eran considerados como joyas, por ello después de muertos permanecían en la casa de Tonacatecuhtli, alimentados por el "huichihuaicautli" o árbol nodriza, de donde manaban chorros de leche.

Para los que no lograban entrar en ninguno de los tres paraísos quedaba el Cielo Septentrional, sitial de los Muertos o Mictlán. El alma (teyolia) iba en un viaje que duraba 4 años, y atravesaba ocho submundos antes de alcanzar su meta final en el submundo noveno. Los frailes del siglo XVI lo confundieron con el infierno. Era el regreso al vientre materno, al lugar de origen. Ahí residían Mictlantecuhtli y Mictlancihuatl, señor y señora del mundo de los muertos. Todos los que morían debían ser previamente devorados por Tlatecuhtli, el Señor de la Tierra, para poder continuar su transitar al destino que su forma de muerte les hubiera deparado.

Antes de la cremación o de la inhumación (los investigadores e historiadores no se ponen de acuerdo y algunos dicen que sólo los nobles eran cremados y el resto de la población enterrada), el sacerdote instruía al cadáver sobre las peripecias que lo aguardaban equipándolo con una buena provisión de comida, agua, estandartes de papel amate y un perro "xoloitzcuintli". En la boca le colocaban una piedra que simbolizaba el corazón , verde en le caso de los nobles, y le dejaban presentes para que se los llevaran a los Señores del Mundo Subterráneo.

Los detalles de la travesía varían. Según algunas versiones, el alma debía cruzar primero un ancho río, aferrándose a la cola de su perro mascota; luego debía atravesar altas montañas cuyas laderas frecuentemente chocaban entre sí, después recorrer un pasaje donde el viento era tan frío y áspero como las hojas de obsidiana; después abrirse paso a través de las rocas; luego eludir ráfagas de dardos; ahuyentar jaguares y otras bestias feroces que intentaban devorarle el corazón; después trepar por un desfiladero de roca quebradiza, y finalmente llegaría al lugar de las tinieblas y el piadoso olvido. Al finalizar las exequias, los mexicas acostumbraban realizar fiestas y ritos subsecuentes a los cuatro, viente, cuarenta, sesenta y ochenta días del entierro, y luego cada año hasta completar cuatro que era cuando se consideraba que el alma llegaba al mundo de los muertos.

Siempre llama la atención que las escasas figuras de cerámica de Mictantecuhtli, dios del inframundo, tenga diversas peculariedades entre ellas, sus facciones, fiel testimonio de la unión entre la vida y la muerte. No es un esqueleto completo, sino un personaje descarnado. Manos, piernas y pies se encuentran íntegros, como de una persona viva, pero se exponen las costillas de la caja torácica, la columna vertebral y la cabeza cadavérica. La expresión del rostro es otro de los enigmas ya que parece sonreír y burlarse de quienes lo enfrentan.



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5 comentarios:

| Alison | dijo...

Me ha gustado leer tu entrada Mac, es muy interesante leer acerca de la cultura Mexicana, los rituales y de q manera se ve la muerte x aquellos lugares, evidentemente muy diferente a la cultura europea.

Si te sirve de algo valencia tiene la Calle de la sangre :)

Los diferentes cielos y como ordenaban a la gente segun su tipo de muerte tb es muy ineteresante a excepcion de enterrar o sepultar un perro con el muerto... eso... no me acaba a mi de gustar mucho, xo claro, estamos hablando de hace cientos de años.

Saludos :)

MacVamp dijo...

Nena, gracias por leer ;-) pero olvidé especificar que no se incluía un perro vivo, sino una representación en cerámica. Lo que pasa es que en la época prehispánica, el único canino que existía era ese: un perrito sin pelo y negro, de ojitos un poco saltones y quizás un mechón de pelo en la cabeza. Por eso incluían una representación de él en los rituales funerarios, porque así ayudaría al alma del difunto a encontrar el camino hacia el Mictlán.

Un beso :*

Ariel dijo...

Muy interesante vista hacia nuestra cultura :D

Espero la segunda parte

Ahh el xoloitzcuintli jejeje por suerte todavía existe y aunque no me gustan los perros mucho menos estos creo que es genial que los hayan rescatado de la extincion

Korkuss dijo...

Me encantó el post amiga! Como siempre, envidiablemente interesante!

Saludos!!!

Daniel dijo...

En las primeras culturas (como el caso de Tlatilco, Cuicuilco) se sacrificaban los perros y se inhumaban directamente con el cuerpo humano. La cuestión es que el xoloitzcuintli no hacía todavía su aparición; No es sino hasta la cultura de Tula que el perro pelón se hace presente. Y en cuyo caso, la inhumación era como bien dices, simbólica, a partir de cerámica. (una variante fue la inhumación acompañada de guisos, que ciertamente eran preparados en muchas ocasiones con carne de perro)
Interesante tu nota. Sólo quise hacer precisiones.