09 noviembre 2011

Largo camino fuera del infierno



Había nacido en el peor de los pecados actuales: en una familia anodina, políticamente correcta, que asistía a la iglesia todos los domingos y que agradecía al Creador los alimentos que recibía. Pero a él le gustaba declarar a los cuatro vientos que había nacido y se había criado entre la inmundicia, la podredumbre y el vicio.

Sangre, semen, saliva. Santísima Trinidad a la que se encomendaba antes de salir al escenario. El templo donde oficiaba de forma canalla la alegría de vivir siempre en la penumbra de las buenas costumbres. Semidesnudo, con larga melena y poseído por arrebatos febriles, pronunciaba su evangelio a los seguidores que acudían a él como ovejas sumisas al llamado de su pastor. Y él se abría las carnes, literalmente, con trozos de botellas que algunos intentaban atesorar como reliquias pues contenían rastros de su sangre. Este es mi cuerpo y esta es mi sangre. Comed y bebed, ordenaba, mientras ejecutaba un fellatio al micrófono.

Para creer en Satanás, hay que creer en Dios. Así que él no creía en nadie. Pero le fascinaban las reacciones a su paso cuando anunciaba  ser reverendo de la Iglesia del Maligno. De esa invención de LaVey y un puñado de pirados que seguro habían sido sometidos cuando niños por otros protestantes blancos americanos. Y al cabo de los años llegaron a librarse de sus traumas pintando pentagramas y crucifijos invertidos.

Estética grotesca. Un nombre-oda a la cultura pop. Un ojo ciego a base de lentes de contacto. Odín había sacrificado uno para obtener el conocimiento. Él sólo buscaba otro modo de mirar la realidad. Cejas afeitadas porque eso permitía un juego de expresiones faciales como si se tratase de una máscara. La boca obscenamente carnosa cubierta con pintalabios negro. Guiños a la dualidad alquímica cuando se ajustaba aquel corsé, con más pinta de artilugio médico que de elemento básico de lencería. Una de las secuelas que le dejaron las intrusiones al armario de la abuela y al consultorio de un tío ortopedista. Búsqueda perpetua de la belleza grotesca. Del artificio dentro de la fealdad natural.

Su arma de destrucción masiva habitaba dentro de su cabeza en continua ebullición. Se reía de mí, de ti, y de él mismo. Al vuelo garabateaba ideas en cuanto papel o pared tenía por medio. Ya después vendría la labor de desciframiento en el estudio de grabación. Cuantos más excesos, mejor. Eso era lo que contaba la historia negra que a su alrededor giraba. Aquello atraía más admiradores fieles. Pero si se le hubiese practicado un examen médico habría resultado casi tan limpio como un infante. Algunos creían que día y noche bebía ajenjo. Otros que se transfundía sangre potenciada con alguna droga de diseño. Muchos juraban que tenía gustos tan delicatessen como la carne humana muy tierna.

Lo suyo, en realidad era, escudriñar los rincones del alma humana. Retorcer hasta el infinito esa delgada línea que separa la bondad de la maldad. Dos caras de la misma moneda. Departía en fiestas privadas con sus propios demonios en completa soledad. Fuera del escenario, no necesitaba de acólitos ni ayudantes de cámara. No es que se despojara de su aura maldita como si se tratase de un disfraz. Había nacido con ella y había de morir con ella. Pero mantenía las distancias con el mundo. Con ese de afuera que todos decían conocer tan bien sólo por cumplir con leyes y normas. Mundo de moral ajustable. Mundo sometido a la belleza afectada y falsa.

Después de que su palabra y su obra llegaron a todos los rincones del mundo conocido hasta entonces, de que durante años se regocijó en las trampas que él mismo le impuso a la fama, intentó desaparecer en el paisaje anodino del anonimato. Sólo por probar qué sería aquello de perderse entre la muchedumbre y no ser reconocido ni por los suyos. Pero continuaba siendo atraído por la fuerza generada a partir de sus incondicionales. Así que permaneció más tiempo de lo que él habría deseado. Y el mundo que lo adoraba, terminó devorándolo, lenta, muy lentamente.

Escribió cientos de documentos. Soñaba palabras, frases, párrafos y por las noches se dedicaba a la escritura automática sin que nada pudiera detenerlo. Se dedicó a plasmar su visión a través de la pintura más simbolista que poética: trazos anchos, firmes y pinceladas precisas. Y la voz, aquella que surgía de sus entrañas con tanta furia y ansias de diseccionarla en un escenario,  fue perdiéndose en los recovecos de su alma. Poco le importó cuando hizo semejante descubrimiento. La voz que entonaba inflamadas críticas y burlas no era más que un eco. Un arma ocasional.

Y ahora, varios años después, quizás a la mitad de su vida, creyó al fin lo que  percibía desde niño… Seré eterno y siempre maldito. Como la belleza. Como la muerte. Así que, cerró los ojos, suspiró satisfecho y se entregó al delicioso dolor que le producían aquellos pinchazos en el cuello, como si le clavasen dos alfileres. Lo último que escuchó fue una risita.



M.M.R.
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