Sube el volumen y escucha

La había visto pero sólo en una ocasión y no sé por qué no le presté tanta atención ni me trajo tantos recuerdos... Será quizás que la vi hace poco más de veinte años y no había valorado tanto como ahora, con tanta distancia, lo que significó haber vivido en unos tiempos que ahora parecen prehistóricos con tanto avance tecnológico, juas! Me refiero a la película Pump Up the Volume (1990).





En algún otro post lo comenté (pinchar aquí), en uno donde hablé del aniversario de la estación de radio Rock 101: Debe resultar casi misión imposible hacerle ver a los chicos de ahora cómo los adolescentes de hace veinticinco o treinta años nos la 'vivíamos' pegados a la radio. Cómo echábamos mano de un teléfono con cable y con tanto avance como haber cambiado el disco para marcar por botoncitos :P  Lo mucho que significaba sentirse identificado con los locutores, con sus ideas, con sus conceptos y emocionarnos hasta el túetano con la música, sobre todo claro, cuando nos revelaban cosas nuevas, cosas que en tu jodida vida podrías haber descubierto por ti misma. 

'Harry' con su radio pirata, con su voz que escapaba por la frecuencia siempre justo a las diez de la noche, revoluciona a sus oyentes en todos los sentidos, sin imaginar el poder que consigue sólo con su voz y con su manera de ver al mundo de los adultos. Muestra un tipo de música que no se escucha por la radio comercial o habitual y se expresa sin cortarse ni un pelo. Y logra que muchos le escriban cartas y le expongan sus problemas. Jo, escribir cartas, oigan. Eso de verdad debe sonar a chino para nuestros chicos que ya están más que habituados a la inmediatez primero de los emails, después de los SMS, luego los chats y al final el mentado Whatsapp.

Globalización, inmediatez, libertinaje de expresión, gurús de ocasión, protagonismos varios, la red ha unido y ha alejado. La red dicta y encumbra quién o qué está de moda, qué vale la pena defender o pasar de él, exceso de conceptos, opiniones, desvaríos, ideas, posturas... Cuesta y mucho no dejarse influir por los 'dictadores' del pensamiento que lo son aunque se digan antisistema. Lo que hoy es políticamente correcto depende sólo de una postura social ni siquiera política precisamente. Las ideas pueden usarse como disfraz de ocasión y al día siguiente desecharse...

La radio nos unió porque en aquel momento estaba hecha por jóvenes apenas más mayores que sus oyentes. Porque se expresaban como nosotros y porque alimentaban nuestro espíritu a través de la música. Aún hoy me cuesta imaginar cómo puede haber gente que 'viva' sin verse rodeado de música, sin apasionarse por un género, sin acompañar sus recuerdos con ese tema específico. La radio logró que la adolescencia de muchos de nosotros fuese más llevadera. y sí, nos dejamos manipular pero sin haber más intención que 'provocarnos', sin finalidades políticas ni de 'adoctrinamiento'. 


Pump Up the Volumen me hizo recordar todo esto y más. Me remontó a esos años de mi adolescencia y primeros de juventud. Me recordó la influencia que se podía ejercer sólo con la palabra. Y cómo a través de un micrófono podías sacudir a los oyentes.entusiasmarlos, guiarlos, acompañarlos. Y lo mejor de todo, es que tuve la fortuna de vivirlo de ambos lados del micrófono y me siento muy agradecida :)  Recientemente ha salido una película que podría reflejar muy bien esto aunque muestra una historia basada en una real en el Londres de mediados de los 60: The Boat That Rocked (2009)







 Brindemos por esos tiempos que ya no volverán, snif! 




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Luz blanca para Thomas Sharpe

"Miró a Lucille mientras un espectro luminoso emergió de la niebla.

Thomas.

Su fantasma era pálido. De la mejilla brotaba una nube de sangre que ascendía en el aire en forma de espiral como si fuera humo. Sus ojos y labios eran dorados, irradiaba luz solar interna. Había dejado de ser una criatura de la noche, un morador de Allerdale Hall, había dejado atrás la locura y el salvajismo de su familia apasionada y trágica."

=====

"El rostro de Edith se iluminó de repente con una luz cálida y radiante. El fantasma de Thomas se acercaba, bañado de luz dorada, a diferencia de la criatura oscura y demente que yacía muerta en el fango.

Por primera vez le sonrió con el corazón; recordó cuando habían bailado el vals de Chopin y la llama había proyectado su reflejo en sus ojos; el resplandor de la luz en su rostro en el humilde santuario en el almacén durante su luna de miel. La necesidad lo había conducido a la oscuridad, pero el amor lo había devuelto a la luz. Lo había redimido.

Dejó caer la pala y extendió los brazos para abrazarlo una última vez, sin embargo, la figura diáfana se disolvió en la neblina... y se convirtió en luz blanca."

 
CRIMSON PEAK
versión novelizada de Nancy Holder







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Una carta abierta a H. P. Lovecraft




El legado de Lovecraft (Lovecraft’s Legacy, 1990) es uno de esos libros de la desaparecida editorial Martínez Roca que destaca por sí mismo. Una antología conformada por 13 historias que intentan rendir homenaje al maese de Providence al cumplirse el centenario de su nacimiento. Y más que 'reinvenciones' o manoseos a diestro y siniestro de Cthulhu y los demás Primigenios, estas historias tratan de transmitir la atmósfera lovecraftiana.
 
El homenaje abre con unas palabras de Robert Bloch,  Introducción: Una carta abierta a H. P. Lovecraft, que de forma epistolar rememora la última carta que escribió al que entonces era su maestro, en marzo de 1937, poco antes de la muerte de Lovecraft.
 
Aquí la dejo:


Querido HPL:

¿Te sorprende tener noticias mías?


Llevaba mucho tiempo sin escribirte. De hecho, más de cincuenta años, ya que eché al correo mi última carta a comienzos del mes de marzo del año 1937...


Sabía que estabas teniendo problemas de salud, pero nunca llegaste a decirme lo serios que eran. No estoy seguro de si recibiste mi carta en tu hogar, pues ingresaste en el hospital el 10 de marzo y allí fue donde moriste, sólo cinco días después, la mañana del día 15 de marzo.


No sé a qué sitio enviar esta carta.


No dejaste ninguna dirección. Y dadas tus creencias -o tus incredulidades-, dudo mucho que esperases establecer tu residencia permanente en un bloque de apartamentos celestiales del paraíso o en un invernadero infernal.


Ahora que pienso en ello, solías observar con mucha firmeza que después de la muerte ya no existiría ningún «tú» que residiera en parte alguna. Pero me gusta creer que una parte de ti sigue existiendo. Quiero creer que la esencia de H. P. Lovecraft ha sobrevivido en algún lugar.


En vida siempre fuiste un lector voraz que devoraba toda la letra impresa que se le ponía por delante. Por si se da la casualidad de que sigas conservando ese apetito, voy a escribir esta carta y la dar‚ a publicar, confiando en que más pronto o más tarde puedas tropezarte con ella.


Y quizá ocurra así, pues siempre andabas buscando cosas relacionadas con los escritores y la literatura.


Tú mismo perteneciste a la variedad más infortunada de todos los seres creativos. Eras un «escritor de escritores». Analizabas y retocabas el trabajo de otros como gesto generoso de amistad, y te ganabas el sustento reescribiendo la obra de talentos inferiores al tuyo o colaborando con ellos como «escritor fantasma» sin que tu esfuerzo fuera reconocido. Tus obras eran admiradas por los profesionales que intercambiaban correspondencia entre ellos y formaban lo que acabó conociéndose como «Círculo de Lovecraft», la mayoría de los cuales siguieron tu ejemplo escribiendo relatos para Weird Tales; y había aficionados y lectores de esta revista para quienes tu obra era muy superior a todas las otras. Sus comentarios debieron de haberte complacido tanto como parecía complacerte el que otros escritores intentaran imitar tu estilo y tomaran prestados algunos de tus conceptos. Confieso que yo mismo lo hice, y dado que siempre animabas ese tipo de esfuerzos, eso me lleva a creer que disfrutabas con los aspectos positivos de que se te considerase un «escritor de escritores».


Pero no puedo evitar el hacerme algunas preguntas sobre la faceta negativa. ¿Qué sentías al respecto? Durante años Weird Tales fue prácticamente la única revista del mundo que publicó literatura fantástica de forma regular, incluyendo casi todo lo que llegaste a ver editado; y aunque la mayor parte de sus lectores acogía tu obra con un tibio respeto, la inmensa mayoría reservaba sus elogios más entusiásticos para otros escritores. Tus admiradores y entusiastas formaban un grupo poco numeroso que siempre acababa viéndose superado en las votaciones, y hubo momentos en que darte cuenta de ello debió de dolerte.


Eso también te ocasionó perjuicios financieros. En aquellos tiempos necesitabas desesperadamente unos ingresos regulares, y tu apellido detrás del título de un relato nunca bastó para garantizar una venta. Además, bastantes de los relatos que enviaste fueron rechazados. Sólo tres acabaron publicados en otros lugares; el resto no se publicó hasta después de tu muerte. Bien, es el destino del «escritor de escritores». Se le respeta, pero se le rechaza.


No pretendo entrometerme en tus asuntos, pero ¿cómo reaccionaste ante el hecho de que a lo largo de todos esos años ni uno solo de tus relatos mereciese el honor de una portada en Weird Tales? Luminarias como Speer y Davidson lograron alcanzar esa distinción, pero no HPL.


Los seis meses del año 1931 durante los que la revista publicó en forma de serial Tam, Son of the Tiger, una tontería carente de todo mérito escrita por el inmortal Otis Adelbert Kline debieron de resultarte especialmente duros. Nadie acusó jamás a ese prolífico artesano de ser un «escritor de escritores», pero su serial publicado en seis partes consiguió cuatro ilustraciones de portada seguidas.


A lo largo de ese mismo período apareciste en el sumario de tres números. Una reedición de El extraño, uno de tus relatos más famosos, ni tan siquiera mereció un encabezamiento ilustrado en el interior, y no recuerdo nada digno de mención para el relato La extraña casa de la niebla. Y cuando Tam estaba en su punto culminante, en agosto de 1931, la revista publicó una novela corta titulada El susurrador en la oscuridad, una de tus mejores obras. Esa novela corta fue honrada con una ilustración interior, pero casi habría sido mejor que la revista hubiera prescindido de ella, pues la ilustración anticipaba la revelación del clímax sobre el que se basaba toda la tensión de tu historia.


¿Qué pensaste de eso, señor Lovecraft? ¿Qué pensaste de la ilustración de portada consagrada al detective Craig Kennedy o a un dudoso espécimen de la profesión médica llamado «Dr. Satán»? ¿Qué opinabas de los voluptuosos desnudos dibujados por la artista Margaret Brundage, que tenían como únicas credenciales que pudieran hacerles acreedores al adjetivo de «extraños» su excesivo desarrollo mamario?


Ah, Richard Upton Pickman, ¿dónde estabas cuando realmente te necesitábamos?
¿Te hiciste alguna vez esa pregunta? Nunca lo sabremos, porque pese a las biografías, memorias, reminiscencias y toda la atención que se le ha dedicado a tu correspondencia privada y a la obra que publicaste seguimos ignorando muchas cosas sobre el hombre que se ocultaba detrás del escritor.


No estoy hablando de perfiles psicológicos o análisis eruditos sobre el material de fuentes, pues disponemos de ellos y son excelentes, pero no nos dicen lo suficiente. La existencia de un escritor está compuesta por algo más que por su vida literaria.


Pensemos en tus tías, por ejemplo. Durante la mayor parte de tus años de adulto compartiste un hogar con una o ambas de esas amables y educadas damas de Nueva Inglaterra. Es de suponer que eran «pobres pero orgullosas», como se decía antes, y que siguieron siendo muy conscientes de su alcurnia y posición social incluso cuando se vieron obligadas a buscar una forma de ganarse la vida, y que te querían.


Pero tanto tu padre como tu madre se habían visto marcados por el estigma que en aquellos tiempos iba unido a la enfermedad mental. ¿Qué pensaban tus tías de eso? ¿Sospechaban que tu presencia en su casa provocaba cierto grado de ostracismo social? ¿Les preocupaba tu pauta de vida cotidiana, por no hablar de la nocturna? La ocupación que escogiste quizá te eximiera de colaborar en las tareas domésticas, pues en aquellos tiempos ciertos círculos sociales seguían considerando que el escribir era una ocupación reservada a los caballeros. Aun así, lo que escribías quizá no les hiciera demasiada gracia. ¿Te reprocharon alguna vez el que hubieras escogido aquellos temas?


Después de todo, presumir ante tus cultas y elegantes amistades de que tu sobrino escribe y ve publicadas sus obras es una cosa…, y revelar que escribe cuentos sobre cadáveres devorados por las ratas, cerebros humanos transportados a estrellas distantes por criaturas aladas, o un hombre que se apareó con un gorila es otra cosa muy distinta.


¿Leyeron esos relatos, señor Lovecraft? ¿Llegaron a tener alguna idea de cuáles eran sus argumentos? ¿Dónde escondías esos ejemplares de Weird Tales, y qué pensaron tus tías de los desnudos de Brundage que aparecían en las cubiertas, si llegaron a verlas?


Al parecer no les costó nada aceptar que te casaras ya bastante mayor con una judía divorciada, sobre todo porque tu breve convivencia con esa dama -que, al parecer, era encantadora-, tuvo lugar en Nueva York, con lo que no se convirtió en un asunto sometido al continuo escrutinio local. Pero ella debió de tener ciertas dificultades para adaptarse a tu estilo de vida, tus opiniones anticuadas y lo raro de tu dieta. Según la información que reveló mucho tiempo después de que la abandonaras y fallecieses, los dos erais sexualmente compatibles, pero esto no tiene por qué significar un cambio de costumbres en un hombre que sufría de insomnio crónico. ¿Seguiste pasando las noches despierto escribiendo cartas o dando paseos solitarios en vez de permanecer acostado en el lecho conyugal? Perdona que te haga esta pregunta, pero la respuesta podría darnos alguna pista sobre tu capacidad de adaptación en circunstancias que se salían de lo corriente. Lo único que sabemos es que cuando volviste a Providence pasaste la última década de tu existencia entregado a tus vagabundeos nocturnos.


Quizá recuerdes que nos conocimos a mediados de esa década, y sólo gracias a la correspondencia. Yo era un mero aficionado adolescente, y el abismo generacional me impedía hacerte esa clase de preguntas, por lo que sigo ignorando cuáles habrían sido las respuestas.


Te pedí que me enviaras fotos, cosa que hiciste, y aunque una imagen puede valer por mil palabras tus fotos no me dijeron gran cosa. Esas instantáneas tomadas cuando tenías veinte o treinta y pocos años sólo revelaban cambios en el estilo de la indumentaria, un aumento de peso temporal durante tu estancia en Nueva York y una pérdida subsiguiente en cuanto te marchaste de allí, aparte de cierta tendencia a ponerse muy serio cuando te colocabas delante de una cámara.


Nunca fuiste muy aficionado a sonreír, ¿verdad? En cierta forma esa expresión que mantenías tan obstinadamente era casi keatonesca, y muy parecida a la que Buster hizo famosa en sus películas. Cuando nos conocimos años después no tardé en descubrir que su expresión ocultaba un hombre muy distinto de la imagen impasible que proyectaba profesionalmente. Pero ¿ocurría lo mismo contigo? Supongo que no importa porque, a diferencia de Buster, tu cara nunca fue tu fortuna.


Tu fortuna estaba en tu mano, y cuando digo eso no me estoy refiriendo a los hallazgos de la quiromancia. Hablo de algo casi único en nuestra sociedad, de un apéndice que te hacía destacar y te distanciaba de tus congéneres.


Tu mano jamás modeló bolas de nieve, arrojó balones, cogió un cigarrillo, cortó una baraja de cartas, sostuvo un vaso de whisky o hizo girar el volante de un automóvil. Pero un día esa mano extrañamente falta de experiencia cogió una pluma para escribir una sola palabra. Y cuando tu mano escribió la palabra Cthulhu sobre el papel hizo que emprendieras el camino a la fama.


Tu viaje fue largo y difícil, y estuvo lleno de obstáculos y desvíos; fue un viaje que te llevó al reconocimiento y la fama póstumos, como también ocurrió en el caso de Poe.


Y, como a Poe, no te faltaron los detractores, incluso después de haber muerto. Durante algunos años ciertos colegas, editores y una parte del mundillo académico atacaron tus peculiaridades, tanto en el aspecto personal como en el profesional. El blanco principal de sus dardos parecía ser lo excesivo de tu estilo, las hipérboles y lo recargado de tu prosa. Pero sospecho que no era ésa la auténtica razón oculta detrás de aquellos ataques, los cuales solían estar formulados con abundancia de excesos estilísticos e hipérboles y estaban escritos en su propia variedad de prosa recargada.


Tengo la impresión de que quizá sentían un cierto resentimiento consciente o inconsciente provocado por la cosmogonía que creaste, lo que ha acabado siendo conocido como «Mitos de Cthulhu».
El verdadero problema, señor Lovecraft, es que eras un escritor religioso.


Tus Mitos rechazaron los textos bíblicos y los sustituyeron con una nueva teología que poseía sus propios dioses, su propia explicación de la creación y la insignificancia de la humanidad en un cosmos desprovisto de ley o valores morales. El abandono del antropocentrismo, tu despectivo pasar por alto los conceptos del bien y el mal, lo que es correcto y lo que no debe hacerse.., eso es lo que puso tan nerviosos a los devotos creyentes. El que eliminaras las explicaciones basadas en la ciencia causó una indignación igualmente intensa entre los ateos ortodoxos.


Y tu forma de llevar a cabo tal tarea hizo que fueses todavía más irritante. Tus relatos eran narraciones hechas por hombres inteligentes y educados cuyo escepticismo era implacablemente vencido ante la prueba de que los «horrores innombrables» existían. Entretejiste tu extraño mundo con el cosmos que conocemos y le diste plausibilidad, reforzando tus relatos con lógica interna y una aterradora consistencia.


En algunos de los relatos no basados en los Mitos tu imaginación llegó mucho más allá que la de tus contemporáneos. Hoy gran parte de la fantasía sobrenatural ha conseguido su mayor popularidad en las películas, pero incluso ahora las comparaciones demuestran que tu obra sigue siendo única en su osadía y amplitud de miras.


La semilla del diablo es la historia de un hijo del diablo, uno de los muchos que se pueden hallar en el folklore y la fábula. Pero su engendro satánico de ojos extraños no es nada comparado con la aterradora descendencia de Lavinia Whateley y Yog-Sothoth, su significativo cónyuge, en El horror de Dunwich.
Responder a La llamada de Cthulhu hace que los hombres enloquezcan, y las pesadillas turban el sueño de ciertos artistas e intelectuales esparcidos por todo el mundo, anunciando el regreso del dios-monstruo atrapado en el sueño que no es muerte bajo mares lejanos, la entidad que se prepara para emerger de su cautiverio y asolar la tierra. Pero todas las pesadillas numeradas de los adolescentes con acné que viven en Elm Street no pueden producir nada más aterrador que el viejo Freddy y su cara llena de cicatrices.


Poltergeist nos ofrece una casa construida sobre un viejo cementerio indio que amenaza a niñitos inocentes y los arrastra al limbo que hay más allá del armario del dormitorio. Los efectos especiales son excelentes y la banda sonora te deja sordo, pero la premisa es muy poco convincente.
Ahí es donde les venciste a todos, amigo mío. Sabías que la frialdad de la lógica provoca los peores escalofríos. Las ratas en tus paredes, los sueños en tu casa de la bruja, los susurros en tu oscuridad…, hay una razón para todo eso.


Al comienzo fue el estilo lo que atrajo imitadores. Muchos jóvenes escritores -yo mismo incluido-, intentamos escribir «relatos tipo Lovecraft», frecuentemente usando conceptos de los Mitos con tu pleno y generoso permiso. Pero con el paso del tiempo la mayoría de nosotros acabamos comprendiendo, cada uno a su manera, que el auténtico secreto de tu genio no estaba en la adjetivitis, las referencias a deidades extrañas mencionadas en extrañas obras de referencia o el fiarse de las cursivas y los signos de admiración para enfatizar ciertos pasajes. El auténtico secreto de un buen relato de Lovecraft radicaba en su habilidad para crear una suspensión temporal de la incredulidad. Su capacidad de conseguir que lo increíble pareciese creíble hizo que esos relatos poseyeran una vida literaria que ha perdurado hasta el día de hoy.


«El día de hoy» marca el centenario de tu nacimiento. Más de la mitad de ese período ha transcurrido desde que escribiste tus últimas obras, pero tu influencia ha aumentado en vez de debilitarse. Cada día se descubren nuevos escritores, pero lo que mantiene vivos sus nombres y sus creaciones es el redescubrimiento continuo.


Algunos de los escritores que han colaborado en este volumen nacieron después de tu muerte. Pero todos ellos dieron comienzo a sus carreras después de haber descubierto su propio camino al reino de la fantasía, reino del que sigues ocupando el trono. Todos ellos, de una forma o de otra, sufrieron la influencia de lo que escribiste. Sus contribuciones a estas páginas son un homenaje a tu memoria.
Bien, señor Lovecraft, vas a empezar tu segundo siglo como maestro indiscutido de la literatura fantástica…, y puede que en sí mismo eso sea una fantasía que jamás llegaste a imaginar.
Pero es una realidad más que merecida.



Robert Bloch



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Mi intento de novela

Soy una cobarde, lo admito... :P

Me 'escudo' o en todo caso me atrinchero en las historias cortas (aunque de un tiempo a la fecha cada vez me cuesta más ajustarme al tope de 1000 o 1200 palabras) y voy dándole largas a lo que llamo mi 'intento de novela'. Años van y años vienen (muchos años). Y quizás por eso, los cinco personajes principales: dos hermanos, dos chicas y un chico, tienen la terrible facilidad de 'apersonarse' cada vez con mayor insistencia. Anoche mismo, mientras veíamos por enésima vez la película Appaloosa, tuve que garabatear algo sobre un personaje secundario sin poder evitarlo y ojo, que yo no soy de las que pueden escribir con 'ruido de fondo'  :P

Creo que este será EL año de mi intento de novela. Estoy como Galadriel: lo percibo en el aire y en el agua, hahaha. Ná. Es que este sería el vigésimo aniversario del momento en que sitúo mi historia que abarcará entre 1995 y 1996. Y aunque no hice propósitos de año nuevo, sí que estoy dispuesta a por fin terminar de escribirla.

Mientras, como lo único que puedo escuchar es música que me 'ambiente', dejo aquí uno de los temas recurrentes en las playlist que escucho:








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Loving the alien called David Bowie

Yo tenía 11 años cuando David Bowie lanzó el álbum Let's Dance en 1983. Y fue con este trabajo que comencé a sentirme atraída por su estilo.




Agradezcamos a los vídeos, sobre todo, y a que desde mis ocho o nueve años, me la vivía pegada a la radio :)  Los vídeos rotaban todos los fines de semana en un programa que Televisa creó para que durante dos horas se emitieran los éxitos de MTV.



Recuerdo mucho los vídeos Let's Dance, China Girl y Modern Love. Y al año siguiente, Mr. Bowie nos volvió a soprender con Tonight de donde surgió el temazo Blue Jean, por ejemplo. 




Del sencillo que dá nombre al álbum no tengo tantos recuerdos (a pesar de que es conocida la versión que interpretó a dueto con la gran Tina Turner) pero sí de Loving the alien, sobre todo, una vez más, por el vídeo. 



Poco después vino la gran estación de radio Rock 101 y su adoración por el Camaleón :) Vinieron más años y más conocimiento sobre este gran artista. Descubrir su gran influencia en cantantes y grupos que yo comenzaba a admirar como Bauhaus. Su etapa Glam y su genial personaje Ziggy Stardust.




Las películas Labyrinth y The Hunger.

 










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Buen viaje de regreso a casa, David

Anoche, sin mucho ánimo, me metí en la cama e intenté dormir alrededor de la una. Mi Werewolf todavía se quedó un rato más jugando Fallout 4 y Happy Demon hacia rato que luego de mucho batallar, al fin se había quedado dormido. Tuve una noche inquieta donde estuve dando vuelta y vuelta en la cama. Y a eso de las cinco y cuarto al mirar el reloj del móvil, vi que tenía un mensaje de Whatsapp: un querido amigo me había dado la noticia casi en el mismo momento que se hizo pública, alrededor de la una y cuarto, una y veinte de la madrugada...

Me costó mucho asimilarlo. Corrí a verificar en la red y lo que encontré me dejó sin palabras. Comencé a leer las notas de los periódicos, los comentarios de mis amigos y conocidos, y a sentir un pesar tan hondo como si se hubiese muerto un familiar o un amigo muy querido. Apenas me recuperaba de lo de Lemmy que no por ser más evidente su enfermedad, no dolió menos. Apenas el mundo del rock se estaba 'reacomodando'.

Cuesta creer que todavía no haya la cura definitva para el cáncer. Cuesta creer que nuestros ídolos, a pesar de sus excesos y de su grandes aportaciones, sigue siendo simples mortales. Cuesta creer que alguien que se expuso tanto, fuese tan discreto con sus dolencias y apenas mencionase el infarto que sufrió años atrás. Sin embargo, a pesar de que dicen que luchó durante 18 meses, jamás mencionó nada e inclusive se embarcó en el proyecto del nuevo álbum y la grabación de los vídeos de los dos primeros sencillos.

Hoy como pocas veces en la historia del rock, los trabajos que se convirtieron en ese romántico canto de cisne, cobrarán más importancia y se buscará el significado en cada una de las letras de los temas, tratando de encontrar alguna señal, algo que quizás les permitiese a David y a Lemmy adivinar o indicar que dentro de nada se iban a reconvertir en polvo de estrellas.

Buen viaje de regreso a casa, David.

11 de enero de 2016


 





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Come with me into the darkness









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Wasting the dawn




"Wasting the dawn" - The 69 Eyes


Been runnin' away
so long from the day
Into the strange night of stone
To fade away
As the light is gently
Bleedin' out of my soul
Penetratin' the evening
As I ride
On this endless road


But you can't turn back the time
It always gonna wait on the line


Some may wish never to be born
Wastin' the dawn
Like a rose growin' from the Christ's thorn
Wastin' the dawn


Been waitin' for you for so long
Little bird of prey
To fly me higher
To the brighter day
Where the Lizard lingers long
Under the sun
Forgettin' the night
Darkest July
Paris '71


But you can't turn back the time
It always gonna wait on the line


...Some may wish never to be born
Wastin' the dawn
Like a rose growin' from the Christ's thorn
Wastin' the dawn...x6


Del álbum "Wasting the dawn" (1999)





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Rebeld Riders por Tim Walker

El gran fotógrafo Tim Walker fue el encargado de todo el número de diciembre de la revista Vogue Italia. Aquí uno de sus editoriales que más me han gustado  :)







































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Un trago de despedida (2º parte)


UN TRAGO DE DESPEDIDA
Stephen King
Plaza&Janés, 1978



  -Supongo que sí -respondió, con voz trémula-. Pero sus ojos... parecían rojos -me miró- ¿Así son los ojos de los ciervos, de noche? -su tono era casi suplicante.

  -Pueden tener cualquier color -contesté, pensando que quizás esto era verdad, pero que yo había visto muchos ciervos de noche desde muchos coches, y nunca había visto que sus pupilas irradiaran un reflejo rojo.

  Tookey no dijo nada.

  Aproximadamente quince minutos más tarde llegamos a un tramo donde la acumulación de nieve de la derecha de la carretera no era tan alta porque se supone que los quitanieves deben levantar un poco sus rejas cuando pasan por una intersección.

  -Creo que este fue el lugar dónde viramos -anunció Lumley, que no parecía muy seguro-. No veo el cartel...

  -Es aquí -confirmó Tookey. Hablaba con voz muy cambiada-. Se ve apenas el remate del cartel.

  -Oh, claro -Lumley pareció aliviado-. Escuche, señor Tookey, lamento haber sido tan grosero hace un rato. Tenía frío y estaba precupado y furioso conmigo mismo. Sólo quiero agradecerle a ambos...

  -No nos agradezca nada a Booth y a mí hasta que las hayamos pasado a este vehículo -lo interrumpió Tookey. Activó la tracción de las cuartro ruedas del Scout y arremetió contra la nieve para introducirse por Jointner Avenue, que atraviesa Jerusalem's Lot y desemboca en la 295. Los guardabarros despidieron una tromba de nieve. Las ruedas traseras patinaron un poco, pero Tookey conduce desde que el mundo es mundo. Maniobró, le habló, y seguimos adelante. De vez en cuando los faros iluminaban las huellas borrosas de otros neumáticos. Eran las que había dejado el coche de Lumley, unas huellas que después desaparecerían nuevamente. Lumley se inclinaba y escudriñaba la carretera buscando su coche. De pronto, Tookey le dijo:

  -Señor Lumley

  -¿Qué? -se volvió para mirar a Tookey.

  -Los lugareños son bastante supersticiosos cuando se trata de Jerusalem's Lot -explicó Tookey con tono aplomado... pero vi las profundas arrugas que su tensión formaba alrededor de la boca, y la forma en que sus ojos se desviaban de un lado a otro-. Si su esposa e hija están en el coche, tanto mejor. Las cargaremos aquí, volveremos a mi casa, y mañana, cuando haya amainado la tormenta, Billy tendrá mucho gusto en remolcar su coche fuera de la nieve. Pero si no estuvieran en el coche...

 -Si no estuvieran en el coche? -lo interrumpió Lumley bruscamente-. ¿Por qué no habrían de estar en el coche?

  -Si no estuvieran en el coche -prosiguió Tookey, sin contestar a su pregunta-, daremos una vuelta e iremos a Falmouth Center y buscaremos al sheriff. No sería prudente chapotear en la nieve en medio de la oscuridad, ¿no le parece?

  -Estarán en el coche. ¿En qué otro lugar pueden estar?

  -Le diré algo más, señor Lumley -intervine-. Si vemos a alguien, no le hablaremos. Aunque nos hable a nosotros, ¿me entiende?

  -¿Qué supersticiones son esas? -inquirió Lumley, muy lentamente.

Antes de que yo pudiera decir algo, y sólo Dios sabe lo que habría dicho, Tookey exclamó:

  -Hemos llegado.

  Nos estábamos acercando a la parte posterior de un gran Mercedes. Todo el techo del coche estaba cubierto de nieve, y otro montículo había bloqueado la parte izquierda de la carrocería. Pero las luces traseras estaban encendidas y vimos que salían gases del tubo de escape.

  -Por lo menos no se les agotó la gasolina -comentó Lumley.

  Tookey detuvo el Scout y accionó el freno de mano.

  -Recuerde lo que dijo Booth, Lumley.

  -Sí, claro -pero sólo pensaba en su esposa y en su hija. Lo cual tampoco me parece censurable.

  -¿Listo, Booth? - me preguntó Tookey. Sus ojos, lúgubres y grises a la luz del tablero de instrumentos, estaban fijos en los míos.

  -Supongo que sí.

  Nos apeamos todos y entonces nos azotó el viento, arrojándonos nieve a la cara. Lumley marchó delante, inclinado contra el vendaval, con su abrigo elegante hinchándose detrás de él como una vela. Proyectaba dos sombras: una por los faros del Scout y otra por las luces traseras de su propio coche. Yo lo seguía, y Tookey iba un paso más atrás. cuando llegué al maletero del Mercedes, Tookey me detuvo.

  -Déjalo solo -espetó.

  -¡Janet! ¡Francie! -gritaba Lumley-. ¿Estáis bien? -abrió la portezuela del lado del conductor y se inclinó hacia dentro-. Estáis...

  Se quedó petrificado. El viento le arrancó la pesada puerta de la mano y la abrió totalmente.

  -Dios mío, Booth -murmuró Tookey, un poco por debajo del alarido del viento-. Creo que ha vuelto a ocurrir.

  Lumley se volvió hacia nosotros. Tenía una expresión asustada y pepleja, con los ojos desorbitados. De pronto arremetió hacia nosotros por la nieve, resbalando y a punto de caer. Me apartó como si yo fuera nadie, y se apoderó de Tookey.

  -¿Cómo lo sabía? -bramó-. ¿Dónde están? ¿Qué demonios sucede aquí?

  Tookey se zafó y lo empujó a un costado para abrirse paso. Él y yo escudriñamos juntos el interior del Mercedes. Estaba caliente como una torrija, pero no seguiría así por mucho tiempo. La lucecita ambarina anunciaba que se estaba agotando el combustible . El enorme coche estaba vacío. Sobre la alfombrilla descansaba una muñeca Barbie. Y un anorak infantil para esquiar estaba arrugado sobre el respaldo del asiento.

  Tookey se cubrió el rostro con las manos... y después desapareció. Lumley lo había cogido por atrás y lo había arrojado sobre la acumulación de nieve. El rostro de Lumely estaba pálido y desencajado. Movía las mandíbulas como si hubiera mordido algo amargo que aún no podía despegar y escupir. Metió las manos adentro y cogió el anorak.

  -¿El anorak de Francie? -dijo casi en un susuro. Y después en voz alta, rugiendo: -¡El anorak de Francie! -se volvió, sosteniéndolo por la capucha ribeteada de piel. Me miró alelado e incrédulo-. No se puede estar a la intemperie sin su abrigo, señor Booth. Se... se morirá de frío.

  -Señor Lumley...

  Pasó trastabillando junto a mí, sin soltar el anorak, al tiempo que gritaba:

  -¡Francie! ¡Janet! ¿Dónde estáis? ¿Dónde estáááááis?

  Le di la mano a Tookey y lo ayudé a levantarse.

  -¿Estás...?

  -No te preocupes por mí -respondió-. Tenemos que detenerlo, Booth.

  Lo seguimos con la mayor rapidez posible, que no fue mucha porque en algunos lugares nos hundíamos en la nieve hasta las caderas. Pero al fin se detuvo y lo alcanzamos.

  -Señor Lumley... -empezó a decir Tookey, colocándole una mano sobre el hombro.

  -Por aquí -interrumpió Lumley-. Pasaron por aquí. ¡Miren!

Bajamos la vista. Estábamos en una especie de hondonada y el viento pasaba de largo sobre nuestras cabezas sin afectarnos apenas. Y vimos dos series de pisadas, unas grandes y otras pequeñas, que se estaban llenando de nieve. Si nos hubiéramos puesto en marcha cinco minutos más tarde, ya habrían desaparecido.

  Echó a andar, con la cabeza gacha, y tookey lo retuvo.

  -¡No! ¡No, Lumley!

  Lumley se volvió para enfretarse a Tookey, con las facciones descompuestas, y alzó un puño. Lo echó hacia atrás... pero algo en la expresión de Tookey lo hizo vacilar. De nuevo nos miró alternativamente a Tookey y a mí.

  -Se congelará -dijo, como si fuéramos un par de niños estólidos-. ¿No se dan cuenta? No lleva su anorak y sólo tiene siete años...

  -Podrían estar en cualquier parte -explicó Tookey-. No podrá seguir esas huellas. Desaparecerán bajo la próxima ráfaga.

  -¿Qué propone? -rugió Lumley con voz aflautada e histérica-. ¡Si vamos a buscar a la policía morirán congeladas! ¡Francie y mi esposa!

  -Es posible que ya estén congeladas -respondió Tookey. Sus ojos sostuvieron la mirada de Lumley-. Congeladas o algo peor.

  -¿A qué re refiere? -susurró Lumley-. Hable claro, maldito sea. ¡Dígamelo!

  -Señor Lumley -prosiguió Tookey-, hay algo en Jerusalem's Lot...

 Pero fui yo quien por fin se lo dijo, quien pronunció la palabra que nunca había pensado que pronunciaría.

  -Vampiros, señor Lumley. Jerusalem's Lot está llena de vampiros. Supongo que esto es difícil de aceptar... -me miraba como si me hubiera puesto verde.

  -Lunáticos -murmuró-. Son un par de lunáticos -luego se volvió, colocó ambas manos ahuecados a los lados de la boca y vociferó: ¡FRANCIE! ¡JANET!

  Empezó a alejarse nuevamente. La nieve le llegaba hasta los bajos del elegante abrigo. miré a Tookey.
  -¿Y ahora qué haremos?

  -Seguirlo -contestó Tookey. Tenía el pelo pegoteado por la nieve y parecía realmente un poco lunático-. No puedo dejarlo aquí a la intemperie, Booth. ¿Y tú?

  -No, supongo que no.

  De modo que empezamos a vadear la nievedetrás de Lumley en la mejor forma posible, pero él se adelantaba cada vez más. Entended, tenía el vigor de la juventud. Abría camino, arremetía por la nieve como un toro. La artritis empezó a fastidiarme terriblemente y me miré las piernas, dciéndome: Un poco más, un poco más, sigue caminando, maldito seas, sigue caminando...

  Tropecé con Tookey, que estaba detenido sobre un montículo de nieve, con las piernas separadas. La cabeza le colgaba y se apretaba el pecho con ambas manos.

  -¿Te sientes bien, Tookey? -pregunté.

  -Sí -contestó, apartando las manos-. Lo seguiremos, Booth y cuando se sienta agotado, entrará en razón.
  Llegamos a la cresta de un montículo y vimos a Lumley abajo, buscando desesperadamente más huellas. Pobre hombre, era imposible que las hallara. El viento soplaba directamente por el lugar donde se había detenido, y cualquier huella habría sido borrada tres minutos después de hecha. Con más razón después de un par de horas.

  Alzó la cabeza y aulló en medio de la noche:

  -¡FRANCIE! ¡JANET! ¡POR EL AMOR DE DIOS!

  Capté la angustia de su voz, el terror, y me apiadé de él. La única respuesta que obtuvo fue el ulular del viento, que sonaba como el silbato de un tren de mercancías. Casi parecía burlarsede él, diciéndole: yo me las llevé señor Nueva Jersey, el del coche lujoso y el abrigo de pelo de camello. Yo me las llevé y borré sus huellas y por la mañana estarán tan primorosas y heladas como dos fresas guardadas en el congelador de la nevera...

  -¡Lumley! -gritó Tookey contra el viento-. ¡Escuche, no piense en los vampiros ni en los espectros ni en nada por el estilo, pero piense en esto! ¡Está empeorando la situación de las dos! Tenemos que ir al buscar...

  Súbitamente se oyó una respuesta, una voz que surgía de la oscuridad como un tintineo de campanillas de plata y se me heló el corazón.

  -Jerry... Jerry, ¿eres tú?

  Lumley giró sobre los talones al oír la voz. Y entonces apareció ella, que brotó como un fantasma de las oscuras tinieblas del bosquecillo. Sí, era una mujer vestida con ropas de ciudad, y en ese momento me pareció la más hermosa que había visto n mi vida. Sentí deseos de correr hacia ella y decirle cuánto me alegraba de que al fin y al cabo estuviera sana y salva. Usaba una pesada prenda verde que según creo se llama "poncho". Flotaba alrededor de ella su cabellera oscura que tremolaba al viento como si fuera el agua de un arroyuelo de diciembre, un momento antes de que el frío invernal lo congele y lo inmovilice.
Quizás di un paso hacia ella , porque sentí la mano áspera y cálida de Tookey sobre mi hombro. Y sin embargo -¿cómo podría expresarlo?- anhelaba ir hacia ella, tan morena y hermosa, con el poncho verde flotando alrededor de su cuello y sus hombros, tan exótica y extraña que hacía pensar en una maravillosa mujer de un poema de Walter de la Mare.

  -¡Janet! -exclamó Lumley-. ¡Janet! -empezó a avanzar dificultosamente por la nieve hacia ella, con los brazos estirados.

  -¡No! -gritó Tookey-. ¡No, Lumley! 
 
 Lumley ni siquiera lo miró... pero ella sí. Levantó la vista hacia nosotros y sonrió. Y entonces sentí que mi ansia, mi anhelo, se trocaban en un espanto tan gélido como la tumba, tan blanco y silencioso como los huesos envueltos en una mortaja. Incluso desde el montículo vimos el tétrico resplandor rojo de esos ojos. Eran menos humanos que los de un lobo. Y cuando sonrió vimos cómo le habían crecido los colmillos. Ya no era humana. Era una muerta que había resucitado misteriosamente en medio de la negra tormenta ululante. 
 
 Tookey hizo la señal de la cruz en dirección a ella. Respingó... y luego volvió a sonreírnos. Estábamos demasiado lejos, y quizás demasiado asustados.

  -¡Basta! -susurré-. ¿No podemos impedirlo?

  -¡Ya es demasiado tarde, Booth! -contestó Tookey tristemente.

 Lumley le había tendido los brazos. Cubierto de nieve, él también parecía un fantasma. Le tendió los brazos... y después empezó a chillar. Oiré esa voz en mis sueños, ese hombre que chillaba como un niño en medio de una pesadilla. Quiso eludirla, pero los brazos de ella, largos y desnudos y tan blancos como la nieve, se estiraron y lo abrazaron. La vi ladear la cabeza, y proyectarla luego hacia adelante con fuerza.
  -¡Booth! -dijo Tookey roncamente-. Tenemos que salir de aquí.

 Y corrimos. Supongo que algunos dirán que corrimos como ratas, pero quienes lo digan no estuvieron aquella noche allí. Huimos volviendo sobre nuestros propios pasos, cayendo, levantándonos nuevamente, resbalando y deslizándonos. Yo miraba constantemente por encima del hombro para comprobar si la mujer nos seguía, luciendo su sonrisa y escudriñándonos con sos ojos rojos.

 Llegamos al Scout y Tookey se dobló en dos, apretándose el pecho.

  -¡Tookey! -exclamé, muy asustado-. ¿Qué...?

  -El corazón -respondió-. Hace cinco años, o más, que me martiriza. Llévame hasta el asiento de pasajeros, Booth, y salgamos inmediatamente de aquí.

 Pasé un brazo por debajo de su abrigo y lo llevé a rastras alrededor del vehículo y de alguna manera conseguí izarlo dentro. Echó la cabeza hacia atrás y ceró los ojos. Su piel estaba amarilla y parecía de cera.

 Rodeé corriendo el motor del Scout y casi tropecé con la niñita. Estaba junto a la portezuela del asiento del conductor, con sus trenzas, sin más abrigo que el exiguo vestido amarillo.

  -Señor -dijo con voz fuerte, clara, tan dulce como una bruma matinal-, ¿me ayudaría a buscar a mi madre? Se ha ido y tengo tanto frío...

  -Cariño -respndí-, cariño, será mejor que subas. Tu madre...

 Me interrumpí, y si hubo algún momento de mi vida en que estuve a punto de desmayarme, fue ese. Veréis, ella estaba allí, estaba arriba de la nieve, y no se veían pisadas, en ninguna dirección.
Entonces me miró, Francie, la hija de Lumley. No tenía más de siete años y seguiría teniéndolos durante una eternidad de noches. Su carita tenía un lúgubre color blanco cadavérico, y uno podría haberse hundido en el rojo y la plata de sus ojos. Y debajo del maxilar vi dos puntitos como alfilerazos, con los bordes espantosamente triturados.

 Me tendió los brazos y sonrió.

  -Álceme, señor -murmuró suavemente-. Quiero darle un beso. Después podrá llevarme a donde está mí mamá.

 Yo no quería hacerlo, pero no pude resistirme. Me incliné hacia adelante, con los brazos estirados. Ví cómo se abría su boca, vi los pequeños colmillosdentro del círculo rojo de sus labios. Algo resbaló por su barbilla, algo reluciente y plateado, y con un horror brumoso, lejano, remoto, me di cuenta de que le estaba chorreando la baba.

 Sus manecitas me rodearon el cuello y pensé: Oh, quizás no será tan desagradable, queizás no será tan desagradable, quizás después de un tiempo no será tan espantoso... Y en ese instante algo negro salió disparado del Scout y la golpeó en el pecho. Hubo una varahada de humo de extraño olor, un fogonazo que se extinguió un momento después, y en seguida ella se apartó, siseando. Su rostro se había crispado en una máscara vulpina de rabia, odio y dolor. Se volvió hacia el costado y... y desapareció. Lo que un segundo antes había estado allí, se trocó en un remolino de nieve con un vago aspecto humano. El viento no tardó en dispersarla por los campos.

  -¡Booth! -susurró Tookey-. ¡Date prisa!

 Y me di prisa. Pero no tanta como para no perder el tiempo de alzar lo que le había arrojado a la niñita al infierno. La Biblia de su madre.



 Eso ocurrió hace bastante tiempo. Ahor soy mucho más viejo y entonces ya no era un jovencito. Herb Tookey murió hace dos años. Se extinguió apaciblemente, por la noche. El bar continúa allí. Lo compraron un hombre de Waterville y su esposa, buena gente, que lo conservan más o menos como era antes. Pero no voy a menudo. Algo ha cambiado, desde que murió Tookey.

 En Jerusalem's Lot todo sigue como antes. Al día siguiente el sheriffencontró el coche de Lumley, sin gasolina, con la batería agotada. Ni Tookey ni yo dijimos nada. ¿Para qué? Y de vez en cuando alguien que anda haciendo auto-stop o que está caminando desaparece en esa comarca, en lo alto de Schoolyard Hill o cerca del cementerio Harmony Hill. Encuentran una mochila o un libro hinchado y blanqueado por la lluvia o la nieve, o algo por el estilo. Pero nunca a las personas.

 Aún tengo pesadillas acerca de aquella noche de tormenta en que fuimos allí. No tanto acerca de la mujer como acerca de la niña, y de la forma que sonrió cuando me tendió los brazos para que la alzara. Para poder besarme. Pero soy viejo y pronto llegará el momento en que acabarán los sueños.

 Es posible que vosotros mismos tengáis la oportunidad de viajar uno de estos días por el sur de Maine. La campiña es hermosa. Incluso es posible que os detengáis en el Tookey's Bar para tomar algo. No le cambiaron el nombre. De modo que bebed , y seguid mi consejo: poned directamente rumbo al norte, sin parar. Podéis hacer cualquier cosa, menos torced por la carretera que conduce a Jerusalem's Lot.
Sobre todo no lo hagáis después de que oscurezca. Por ahí ronda una niñita. Y sospecho que todavía espera su beso de despedida.



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